Buenos Aires, 27, 28 y 29 de Septiembre, de 2008.
Segundo viaje a Colonia del Sacramento:
Salimos el sábado
Para ello, nos hicimos a la vela, allí mismo, en plena noche. Aguardando por más de una hora una brisa que nos socorra, en vano; nos movíamos a menos de 1 ns., y no podíamos pedir más, el poco viento que había borneaba a causa de la cercana orilla, hacia babor, poblada de árboles.
Encendimos el motor y en media hora más, aproximadamente, estuvimos arrimándonos al muelle de Prefectura en San Isidro.
Aquí me detengo para comentar nuestra nueva experiencia adquirida: Ya habíamos sido suficientemente ingenuos en nuestro primer viaje a Colonia, despachándonos en
Siendo ya las
El viento Este, totalmente en contra a nuestro destino, con lo cual estuvimos el viaje entero, de principio a fin, tirando bordes a una velocidad de 4 ns. El río, algo picado, con olas de hasta 1 mt. de altura, produjo los primeros síntomas de mareo en la mitad de los tripulantes.
El día estaba espléndido, ni una sola nube. Con lo cual alcanzando el mediodía, y en medio de la nada: sin barcos a la vista y una costa Argentina ya casi indistinguible, dejamos el barco a la deriva y soltando el salvavidas nos tiramos Javier, Pablo y Jerónimo un chapuzón al agua en extremo fría. La última tripulante, Lis, prefirió no demostrar su hombría y se quedó sacando algunas fotos desde la cubierta (¡Qué día!).
Pasamos tres hermosas horas de ocio. Comimos un arroz con cebolla salteada y baño de salsa de soja, auspiciado por Javier; pescamos y hasta hicimos algunas acrobacias: pues la vela mayor quedó inmóvil, enganchada en algún lado por encima de la cruceta. El mono a bordo, Jerónimo, se encargó de escalar el mástil. Bien afirmado, por supuesto, de uno de los cabos de driza. Según posteriores relatos, se sabe que allí arriba se sintió un vértigo sin par, que una vez superado podía incluso ser divertido, pero extenuante.
Si bien la navegación comenzó bien organizada, con rotación de roles y sin objetos librados a la suerte que la gravedad les concediera (o sea, que se caigan), las cosas se volvieron turbias con el correr del día. El viento en contra hacía que las horas de viaje se multiplicaran, y ya llevábamos como 11 o 12 viajando cuando ya todo se hizo noche cerrada. El cielo encapotado, amenazaba con llovernos en cualquier momento. El río picado ya se había cobrado dos tripulantes: Lis y Pablo, quienes yacían entre mareos, vómitos y agotamiento extremo. Eso ya nos había costado el cambio de roles, con lo cual en ese momento sólo de Javier y Jerónimo dependía el Ur-kirola.
El miedo atenazante se había apoderado del total de los tripulantes. Tanto los que aun seguían en actividad, allí afuera, enfrentando el fuerte viento en la noche cerrada, con el barco escorado hasta que las bandas rozaban ya las aguas; como de los que yacían adentro, con su terrible e incesante malestar físico y mental, la angustia y la ansiedad de no llegar a destino, a tierra firme, no saber qué está sucediendo, y a poco querer saberlo. Algunos hasta rezaban ya, otros se habían hecho a la idea de la muerte, pero no sin lucha. Fuimos todos concientes de un peligro imponente, allí, en medio del oscuro absoluto, dejándonos llevar por la fuerza natural, corrientes, vientos y lo que Dios quisiera en aquel momento… No podíamos más que subordinarnos.
Quizá la locura misma, o algún grito primal se hubiera apoderado de nosotros al saber en aquel momento recién íbamos por la mitad del viaje. Lo relatado la estrofa anterior no fue algo fugaz, de algunos segundos, siquiera algunas cuantas horas. Duró desde ese momento y se fue acrecentando hasta llegar a destino, otras 9 o 10 horas después.
El río cada vez se picaba más, ya serían las 22 hs y las olas eran de 1,5 mts. como poco. Se podía ver ya con definición la costa uruguaya, pero sabíamos que faltaban unas cuantas horas hasta poder llegar a puerto. El GPS comenzó a fallar. Ya había fallado la anterior vez, quizá por el mismo sitio… ¿será que hay un punto ciego allí?; nuestro motor también, rompimos uno de sus componentes que venía presentando algunos problemas. Jerónimo se encargó de arreglarlo cuantas veces fue necesario, pero no fue empresa fácil. Por largo rato fuimos presa de la desorientación y la falta de control sobre el buque. Debíamos realizar maniobras que a vela no eran posibles; no al menos en las condiciones en las que nos encontrábamos.
Finalmente el motor comenzó a funcionar constante, y unas cuantas horas después estábamos en destino.
Al llegar decenas de barcos flotaban por doquier. Como en la última travesía a Colonia, esta vez también hubo regata, con lo cual estaba repleto de regateros. No hubo mejor forma de terminar la jornada, a las
Los tripulantes de este velero salieron a ver qué sucedía y nos encontraron enganchados y con el viento empujándonos hacia ellos, casi golpeando su banda de babor. Uno de ellos era un hombre decidido, maduro, pero aun joven, buscando soluciones al problema. El otro, ya algo más entrado en edad, buscando absolutamente todos los problemas a nuestras soluciones. Dando órdenes y afirmando cosas que ya sabíamos, pero siempre para derribar alguna sugerencia certera.
Finalmente, haciendo caso omiso a este hombre, la solución se encontró en amarrar el fondeo de ellos a una de las cornamusas del Ur-kirola y soltar el otro extremo del cabo del otro barco. De esta forma, pasar este último por donde estuviera enganchado hasta finalmente recogerlo entero y volver todo a la normalidad. Así se hizo, funcionó perfecto y logramos al fin amarrarnos al muelle.
Al igual que la última vez, fuimos a dar con la parte trasera de dicho muelle. Con lo cual debimos realizar otra suerte de maromas y equilibrio sobre vigas para pasar al otro lado y pisar tierra firme. Esto fue lo que hicieron Pablo y Lis, aquella noche nublada, fría. Ni un alma sobre las calles de Colonia del Sacramento. Bastante aburrido para un sábado por la noche, ciertamente. Fue un recorrido breve, y al regresar Javier y Jero aguardaban para comer, con unos deliciosos fideos con salsa (hecho que derramó la gota del vaso del Capitán, ya que ésta le costó la quemadura de media mano, y pues… era lo que faltaba).
Satisfechos de todo lo sucedido, fuimos plácidamente al merecido descanso, siendo ya cerca de las
Al día siguiente, mediodía siguiente, para ser más precisos, despertamos. El domingo se presentaba nublado y lluvioso. Un día perfecto para el guiso de verdura que prepararon Pablo y Jero. E imagino que no habría tenido tan buen sabor de no haber previamente coqueteado con algunas adolescentes que saludaban desde el muelle, a la voz del cántico: “¡Jero, Jero!”. Según fuentes fieles, las muchachas “Eran puro bla bla”, “Arrugaron” y demás conjeturas del estilo, tras haberlas invitado cortésmente a subir al barco.
Para justificar el día, hubo un correspondiente paseo por el pueblo. También, tan despoblado como la noche anterior. No daban ciertamente ganas de estar ahí mucho tiempo más. De modo que hicimos el trámite de despacho y de paso anunciamos nuestra partida hacia un nuevo rumbo: Arroyo Riachuelo.
Preparadas las cosas, bien comidos, bien bebidos, soltamos amarras las 18 hs. Pedimos pronóstico al canal 16 (que nos derivaron al 17) y nos informaron que el viento soplaba SurEste a 12 ns., con olas de 0,5 mts.
Debimos tirar tan sólo dos bordes por la costa de Colonia: uno hacia el SE y el otro al NE, que nos llevaría directo a destino.
La noche nos agarró nuevamente en pleno viaje. Esta vez mucho más amenamente. El cielo totalmente despejado nos inspiraba y comenzamos por contar una historia entre todos (idea de Jerónimo). Si mal no recuerdo trataba de conejos y topos… El protagonista se llamaba Enrique, el conejo; y se salvó de la escasez de zanahoria porque comía otra hortaliza… EN FIN. También algo de música hizo eco en la oscuridad y finalmente llegamos a la zona desconocida.
A pesar de la noche, distinguíamos claramente el canal por el que pasábamos. A babor y a estribor teníamos arboledas y cuanto yuyo se nos ocurra. El eco del motor nos hacía pensar que más allá de los matorrales había animales corriendo asustados. Era todo cuanto se oía. Las estrellas cada vez más nítidas y comenzaba a sentirse un aroma energizante, mezcla de eucalipto, espinillo y quién sabe qué más. ¡Que tranquilidad nos acogía en ese arroyo!, ¡que hermosura!, ¡cuanta energía!; finalmente el viaje había dado frutos disfrutables.
Después de tantear en la oscuridad unos cuantos minutos, llegamos a una especie de araña metálica gigante que custodiaba el lugar. Jamás dilucidamos, aquella noche, de qué se trataba tan imponente estructura, y la dejamos atrás… Finalmente dimos con un sitio donde un par de barcos yacían fondeados y se veía un muelle iluminado de forma armoniosa, muy atrayente. Sin embargo, preferimos fondear. No era ya hora de explorar, se habían hecho cerca de las 23 hs.
Una vez anclados, amarrados del otro extremo a las ramas que asomaban por la orilla, una vez más las estrellas nos influenciaron. Esta vez a la filosofía y otros pensamientos. Todos a bordo nos dimos que pensar bajo aquel cielo. En conjunto o en soledad, pero esas estrellas se llevaron muchos de nuestros secretos, de eso estoy seguro.
Tras la solemne pausa, comenzamos a cocinar un riquísimo guiso de lentejas, salsa, polenta (para espesar) y vegetales varios. Un manjar, auspiciado por Pablo y Jero. Decidimos acompañar la gloriosa comida con una película, y después de un buen rato tratando de decidir, Lis sugirió NO ver nada para pensar… y ante el nombramiento de “Los Bañeros 2 –
Ya el lunes 29 despertamos algo más temprano de las
Nos arrimamos a la orilla que la noche anterior nos llamara tanto la atención. Al descender, entablamos diálogo con un anciano del lugar, que pescaba tranquilamente y parecía muy amistoso y pacífico. No sólo resolvió muchas de nuestras preguntas, sino que también nos agradamos y creo que nos enseñó algo (aunque todavía no sé bien qué).
Exploramos un poco el lugar y realmente, como figuramos en la penumbra la noche anterior, era un lugar bellísimo, lleno de verde, aromas y paisajes. Asomaban vaquitas a lo lejos, plantas exóticas a nuestras narices y casitas de cuentos con techos de paja y musgo. Una visión realista de un antaño sueño de ermitaño nos asaltó a los tres exploradores del momento: Lis, Pablo y Javier.
Jerónimo había decidido quedarse para pescar y tocar su violín a solas, que tanto anhelo de ejecutarlo había manifestado durante el viaje. Y allí estaba, entre árboles tocando su violín. Creo que un traje de duende en ese momento hubiera sido muy apropiado.
Ya entonces cada uno se dedicó a disfrutar las horas de ocio a su modo: Jero seguía deleitando flores con sus melodías; Lis fotografiaba flores y bichitos del lugar; Pablo paseaba la vista y las narices por el lugar, y Javier decidió recolectar una especie de radicheta salvaje porque le pareció comestible. Resultó no serlo.
Finalmente llegaba la hora de partir y debimos reportarnos ante las autoridades del lugar, pues ya habían venido a pedirnos eso en algún momento de la jornada. El embarcadero del lugar pretendía cobrarnos no sé cuántos pesos uruguayos por haber fondeado en la zona (lo que de por sí era aprovechado). Por fortuna también quería que le pagáramos en plata uruguaya, y al no poseerla, nos la dejó pasar………….. ¡Qué amigo!, ¡que chanta! cobrar por eso….. Bueh! Entre pitos, flautas y trompetas, zarpamos a las 18 hs. de aquel nublado día.
Pedimos el pronóstico al canal 17: Viento SE. A 12 ns.; olas de 0,50 mts. Por ende teníamos um franquísimo viento de popa. Mantuvimos una velocidad promedio de 6 ns.
Al comenzar a salir del arroyo, divisamos que a ambos lados de éste, la costa era toda playa de arena, hermosísima. La promesa de volver quedó latente.
Auspició Lis una riquísima ensalada de arroz con zanahoria rayada, arbejas y mayonesa. Excelente plato, aunque tarde, bien recibido por demás.
No tardó en hacerse la noche, y pronto empezó a picar un poco más el río, pero no hubo mayores inconvenientes más allá de lo difícil que se puede tornar mantener la vela mayor bien amurada cuando el viento está en popa y el río hace saltar el buque. También pasamos a pocos, poquísimos metros de un barco hundido, que apenas divisamos sobre el horizonte violáceo oscuro. El GPS no lo registraba y las cartas tampoco lo anunciaban. Fue un delicioso susto a pocas horas de comenzado el viaje.
Por lo demás todo funcionó bien. El mareo esta vez sólo afectó un poco al Capitán Javier, pero no hubo K.O. (Knock Out).
Tan rica había sido la cena de la noche anterior que nos decidimos por repetirla. Esta vez el cocinero fue Pablo, que deleitó a la tripulación con un BIS del guiso de lentejas. ¡Una delicia!
En promedio y en comparación, el viaje fue tranquilo; trazando una línea recta desde Riachuelo hasta aproximarnos al canal Mitre (nuevamente a la altura del Marciano). Luego con una leve virada de través, tardamos un total de 9 horas hasta llegar a San Isidro, donde aguardaba Prefectura para reportar el regreso. Una vez hecho los trámites, sin problema alguno, emprendimos el regreso a motor hasta nuestra amarra. Una vez allí, acomodamos un poco las cosas y nos desmayamos del sueño. Linda forma de morir.
FIN
Relatos: Pablo Poi
Fotografía: Lis