Segunda Odisea a Colonia

Buenos Aires, 27, 28 y 29 de Septiembre, de 2008.

Segundo viaje a Colonia del Sacramento:


Salimos el sábado 27 a las 5 a.m., desde el CINAVE (nuestra a
ctual amarra) en el partido de Tigre. Navegamos el río Luján, en principio hasta San Isidro, donde nos aguardaba Prefectura para despacharnos del país.

Para ello, nos hicimos a la vela, allí mismo, en plena noche. Aguardando por más de una hora una brisa que nos socorra, en vano; nos movíamos a menos de 1 ns., y no podíamos pedir más, el poco viento que había borneaba a causa de la cercana orilla, hacia babor, poblada de árboles.

Encendimos el motor y en media hora más, aproximadamente, estuvimos arrimándonos al muelle de Prefectura en San Isidro.

Aquí me detengo para comentar nuestra nueva experiencia adquirida: Ya habíamos sido suficientemente ingenuos en nuestro primer viaje a Colonia, despachándonos en la Prefectura de Puerto Madero, pagando para ello un monto de más de 30 pesos por persona. Planeamos despacharnos en Tigre, pero nos advirtieron que también se cobraba una suma, y que fuéramos desde San Isidro, que era sin costo alguno (se ve que este último se especializa más en salidas deportivas mientras que los otros dos puertos se abocan a la salida y entrada de buques mercantes). Dicho y hecho, no nos cobraron nada y, para variar, nos trataron muchísimo mejor que la última vez.

Siendo ya las 8 a.m., soltamos amarras y zarpamos. Yendo por el canal Costanero hasta cruzar el canal Mitre, a la altura del barco hundido El Marciano”.

El viento Este, totalmente en contra a nuestro destino, con lo cual estuvimos el viaje entero, de principio a fin, tirando bordes a una velocidad de 4 ns. El río, algo picado, con olas de hasta 1 mt. de altura, produjo los primeros síntomas de mareo en la mitad de los tripulantes.

El día estaba espléndido, ni una sola nube. Con lo cual alcanzando el mediodía, y en medio de la nada: sin barcos a la vista y una costa Argentina ya casi indistinguible, dejamos el barco a la deriva y soltando el salvavidas nos tiramos Javier, Pablo y Jerónimo un chapuzón al agua en extremo fría. La última tripulante, Lis, prefirió no demostrar su hombría y se quedó sacando algunas fotos desde la cubierta (¡Qué día!).

Pasamos tres hermosas horas de ocio. Comimos un arroz con cebolla salteada y baño de salsa de soja, auspiciado por Javier; pescamos y hasta hicimos algunas acrobacias: pues la vela mayor quedó inmóvil, enganchada en algún lado por encima de la cruceta. El mono a bordo, Jerónimo, se encargó de escalar el mástil. Bien afirmado, por supuesto, de uno de los cabos de driza. Según posteriores relatos, se sabe que allí arriba se sintió un vértigo sin par, que una vez superado podía incluso ser divertido, pero extenuante.

Si bien la navegación comenzó bien organizada, con rotación de roles y sin objetos librados a la suerte que la gravedad les concediera (o sea, que se caigan), las cosas se volvieron turbias con el correr del día. El viento en contra hacía que las horas de viaje se multiplicaran, y ya llevábamos como 11 o 12 viajando cuando ya todo se hizo noche cerrada. El cielo encapotado, amenazaba con llovernos en cualquier momento. El río picado ya se había cobrado dos tripulantes: Lis y Pablo, quienes yacían entre mareos, vómitos y agotamiento extremo. Eso ya nos había costado el cambio de roles, con lo cual en ese momento sólo de Javier y Jerónimo dependía el Ur-kirola.

El miedo atenazante se había apoderado del total de los tripulantes. Tanto los que aun seguían en actividad, allí afuera, enfrentando el fuerte viento en la noche cerrada, con el barco escorado hasta que las bandas rozaban ya las aguas; como de los que yacían adentro, con su terrible e incesante malestar físico y mental, la angustia y la ansiedad de no llegar a destino, a tierra firme, no saber qué está sucediendo, y a poco querer saberlo. Algunos hasta rezaban ya, otros se habían hecho a la idea de la muerte, pero no sin lucha. Fuimos todos concientes de un peligro imponente, allí, en medio del oscuro absoluto, dejándonos llevar por la fuerza natural, corrientes, vientos y lo que Dios quisiera en aquel momento… No podíamos más que subordinarnos.

Quizá la locura misma, o algún grito primal se hubiera apoderado de nosotros al saber en aquel momento recién íbamos por la mitad del viaje. Lo relatado la estrofa anterior no fue algo fugaz, de algunos segundos, siquiera algunas cuantas horas. Duró desde ese momento y se fue acrecentando hasta llegar a destino, otras 9 o 10 horas después.

El río cada vez se picaba más, ya serían las 22 hs y las olas eran de 1,5 mts. como poco. Se podía ver ya con definición la costa uruguaya, pero sabíamos que faltaban unas cuantas horas hasta poder llegar a puerto. El GPS comenzó a fallar. Ya había fallado la anterior vez, quizá por el mismo sitio… ¿será que hay un punto ciego allí?; nuestro motor también, rompimos uno de sus componentes que venía presentando algunos problemas. Jerónimo se encargó de arreglarlo cuantas veces fue necesario, pero no fue empresa fácil. Por largo rato fuimos presa de la desorientación y la falta de control sobre el buque. Debíamos realizar maniobras que a vela no eran posibles; no al menos en las condiciones en las que nos encontrábamos.

Finalmente el motor comenzó a funcionar constante, y unas cuantas horas después estábamos en destino.

Al llegar decenas de barcos flotaban por doquier. Como en la última travesía a Colonia, esta vez también hubo regata, con lo cual estaba repleto de regateros. No hubo mejor forma de terminar la jornada, a las 3 a.m. del domingo, que enganchando el timón con uno de los fondeos de estos barcos.

Los tripulantes de este velero salieron a ver qué sucedía y nos encontraron enganchados y con el viento empujándonos hacia ellos, casi golpeando su banda de babor. Uno de ellos era un hombre decidido, maduro, pero aun joven, buscando soluciones al problema. El otro, ya algo más entrado en edad, buscando absolutamente todos los problemas a nuestras soluciones. Dando órdenes y afirmando cosas que ya sabíamos, pero siempre para derribar alguna sugerencia certera.

Finalmente, haciendo caso omiso a este hombre, la solución se encontró en amarrar el fondeo de ellos a una de las cornamusas del Ur-kirola y soltar el otro extremo del cabo del otro barco. De esta forma, pasar este último por donde estuviera enganchado hasta finalmente recogerlo entero y volver todo a la normalidad. Así se hizo, funcionó perfecto y logramos al fin amarrarnos al muelle.

Al igual que la última vez, fuimos a dar con la parte trasera de dicho muelle. Con lo cual debimos realizar otra suerte de maromas y equilibrio sobre vigas para pasar al otro lado y pisar tierra firme. Esto fue lo que hicieron Pablo y Lis, aquella noche nublada, fría. Ni un alma sobre las calles de Colonia del Sacramento. Bastante aburrido para un sábado por la noche, ciertamente. Fue un recorrido breve, y al regresar Javier y Jero aguardaban para comer, con unos deliciosos fideos con salsa (hecho que derramó la gota del vaso del Capitán, ya que ésta le costó la quemadura de media mano, y pues… era lo que faltaba).

Satisfechos de todo lo sucedido, fuimos plácidamente al merecido descanso, siendo ya cerca de las 4 a.m.

Al día siguiente, mediodía siguiente, para sers precisos, despertamos. El domingo se presentaba nublado y lluvioso. Un día perfecto para el guiso de verdura que prepararon Pablo y Jero. E imagino que no habría tenido tan buen sabor de no haber previamente coqueteado con algunas adolescentes que saludaban desde el muelle, a la voz del cántico: “¡Jero, Jero!”. Según fuentes fieles, las muchachas “Eran puro bla bla”, “Arrugaron” y demás conjeturas del estilo, tras haberlas invitado cortésmente a subir al barco.

Para justificar el día, hubo un correspondiente paseo por el pueblo. También, tan despoblado como la noche anterior. No daban ciertamente ganas de estar ahí mucho tiempo más. De modo que hicimos el trámite de despacho y de paso anunciamos nuestra partida hacia un nuevo rumbo: Arroyo Riachuelo.

Preparadas las cosas, bien comidos, bien bebidos, soltamos amarras las 18 hs. Pedimos pronóstico al canal 16 (que nos derivaron al 17) y nos informaron que el viento soplaba SurEste a 12 ns., con olas de 0,5 mts.

Debimos tirar tan sólo dos bordes por la costa de Colonia: uno hacia el SE y el otro al NE, que nos llevaría directo a destino.

La noche nos agarró nuevamente en pleno viaje. Esta vez mucho más amenamente. El cielo totalmente despejado nos inspiraba y comenzamos por contar una historia entre todos (idea de Jerónimo). Si mal no recuerdo trataba de conejos y topos… El protagonista se llamaba Enrique, el conejo; y se salvó de la escasez de zanahoria porque comía otra hortaliza… EN FIN. También algo de música hizo eco en la oscuridad y finalmente llegamos a la zona desconocida.

A pesar de la noche, distinguíamos claramente el canal por el que pasábamos. A babor y a estribor teníamos arboledas y cuanto yuyo se nos ocurra. El eco del motor nos hacía pensar que más allá de los matorrales había animales corriendo asustados. Era todo cuanto se oía. Las estrellas cada vez más nítidas y comenzaba a sentirse un aroma energizante, mezcla de eucalipto, espinillo y quién sabe qué más. ¡Que tranquilidad nos acogía en ese arroyo!, ¡que hermosura!, ¡cuanta energía!; finalmente el viaje había dado frutos disfrutables.

Después de tantear en la oscuridad unos cuantos minutos, llegamos a una especie de araña metálica gigante que custodiaba el lugar. Jamás dilucidamos, aquella noche, de qué se trataba tan imponente estructura, y la dejamos atrás… Finalmente dimos con un sitio donde un par de barcos yacían fondeados y se veía un muelle iluminado de forma armoniosa, muy atrayente. Sin embargo, preferimos fondear. No era ya hora de explorar, se habían hecho cerca de las 23 hs.

Una vez anclados, amarrados del otro extremo a las ramas que asomaban por la orilla, una vez más las estrellas nos influenciaron. Esta vez a la filosofía y otros pensamientos. Todos a bordo nos dimos que pensar bajo aquel cielo. En conjunto o en soledad, pero esas estrellas se llevaron muchos de nuestros secretos, de eso estoy seguro.

Tras la solemne pausa, comenzamos a cocinar un riquísimo guiso de lentejas, salsa, polenta (para espesar) y vegetales varios. Un manjar, auspiciado por Pablo y Jero. Decidimos acompañar la gloriosa comida con una película, y después de un buen rato tratando de decidir, Lis sugirió NO ver nada para pensar… y ante el nombramiento de “Los Bañeros 2 – La Playa Loca”, la cara se le hizo luz y todos estuvimos inmediatamente de acuerdo. De más está decir que nos reímos muchísimo más de lo que el productor de esas películas esperara jamás… Pero hay que darle crédito también, porque hay que admitir que sucumbimos ante algún “¡Uy uy uy uy uy!” de Franchella, con su característica vocecita de “¡Ah la papirusaaaaaa!”.

Ya el lunes 29 despertamos algo más temprano de las 11 a.m. y nos pusimos a pescar. Fracaso absoluto aquella pesca. Y parecía que con saña podíamos sacar algún monstruito prehistórico… pero nada, ¡ni una mojarrita!.

Nos arrimamos a la orilla que la noche anterior nos llamara tanto la atención. Al descender, entablamos diálogo con un anciano del lugar, que pescaba tranquilamente y parecía muy amistoso y pacífico. No sólo resolvió muchas de nuestras preguntas, sino que también nos agradamos y creo que nos enseñó algo (aunque todavía no sé bien qué).

Exploramos un poco el lugar y realmente, como figuramos en la penumbra la noche anterior, era un lugar bellísimo, lleno de verde, aromas y paisajes. Asomaban vaquitas a lo lejos, plantas exóticas a nuestras narices y casitas de cuentos con techos de paja y musgo. Una visión realista de un antaño sueño de ermitaño nos asaltó a los tres exploradores del momento: Lis, Pablo y Javier.

Jerónimo había decidido quedarse para pescar y tocar su violín a solas, que tanto anhelo de ejecutarlo había manifestado durante el viaje. Y allí estaba, entre árboles tocando su violín. Creo que un traje de duende en ese momento hubiera sido muy apropiado.

Ya entonces cada uno se dedicó a disfrutar las horas de ocio a su modo: Jero seguía deleitando flores con sus melodías; Lis fotografiaba flores y bichitos del lugar; Pablo paseaba la vista y las narices por el lugar, y Javier decidió recolectar una especie de radicheta salvaje porque le pareció comestible. Resultó no serlo.

Finalmente llegaba la hora de partir y debimos reportarnos ante las autoridades del lugar, pues ya habían venido a pedirnos eso en algún momento de la jornada. El embarcadero del lugar pretendía cobrarnos no sé cuántos pesos uruguayos por haber fondeado en la zona (lo que de por sí era aprovechado). Por fortuna también quería que le pagáramos en plata uruguaya, y al no poseerla, nos la dejó pasar………….. ¡Qué amigo!, ¡que chanta! cobrar por eso….. Bueh! Entre pitos, flautas y trompetas, zarpamos a las 18 hs. de aquel nublado día.

Pedimos el pronóstico al canal 17: Viento SE. A 12 ns.; olas de 0,50 mts. Por ende teníamos um franquísimo viento de popa. Mantuvimos una velocidad promedio de 6 ns.

Al comenzar a salir del arroyo, divisamos que a ambos lados de éste, la costa era toda playa de arena, hermosísima. La promesa de volver quedó latente.

Auspició Lis una riquísima ensalada de arroz con zanahoria rayada, arbejas y mayonesa. Excelente plato, aunque tarde, bien recibido por demás.

No tardó en hacerse la noche, y pronto empezó a picar un poco más el río, pero no hubo mayores inconvenientes más allá de lo difícil que se puede tornar mantener la vela mayor bien amurada cuando el viento está en popa y el río hace saltar el buque. También pasamos a pocos, poquísimos metros de un barco hundido, que apenas divisamos sobre el horizonte violáceo oscuro. El GPS no lo registraba y las cartas tampoco lo anunciaban. Fue un delicioso susto a pocas horas de comenzado el viaje.

Por lo demás todo funcionó bien. El mareo esta vez sólo afectó un poco al Capitán Javier, pero no hubo K.O. (Knock Out).

Tan rica había sido la cena de la noche anterior que nos decidimos por repetirla. Esta vez el cocinero fue Pablo, que deleitó a la tripulación con un BIS del guiso de lentejas. ¡Una delicia!

En promedio y en comparación, el viaje fue tranquilo; trazando una línea recta desde Riachuelo hasta aproximarnos al canal Mitre (nuevamente a la altura del Marciano). Luego con una leve virada de través, tardamos un total de 9 horas hasta llegar a San Isidro, donde aguardaba Prefectura para reportar el regreso. Una vez hecho los trámites, sin problema alguno, emprendimos el regreso a motor hasta nuestra amarra. Una vez allí, acomodamos un poco las cosas y nos desmayamos del sueño. Linda forma de morir.

FIN

Relatos: Pablo Poi
Fotografía: Lis

Odisea a Colonia



Día 1. Viernes 30 de Mayo, 2008.

El total de la tripulación que viajaría a Colonia al día siguiente ya se encontró reunida el viernes por la noche en el Ur-kirola. A excepción de Lis, la mujer a bordo (y por cuestiones laborales), todo el resto nos embarcábamos hacia la aventura. Era nuestra primera salida del suelo argentino en barco.

Cumplimos los debidos trámites en Migraciones. A cuadritas de nuestra amarra, en la sede de Puerto Madero (lugar del que partiríamos). El costo del trámite fue de $ 32.. ¡un robo!
Acabado el asunto burocrático del día, comenzamos a efectuar el orden y limpieza del Urki: mochilas, camperas, zapatos y trastos varios fueron colocados en su sitio, a fin de que a la mañana siguiente todo estuviera impecable y nada pudiera caerse o incomodarnos. También se vació y limpió debidamente el tanque de agua, se puso a punto el fuera de borda, etcétera, etcétera, etcétera.... fue tan aburrido como se lee, sí, pero necesario. Acabamos acostándonos a las 2 de la mañana.


Día 2. Sábado 31 de Mayo.

Violento despertar a las 6:30 a.m. para realizar los trámites finales en Prefectura y recibir dos prefectos para la inspección del buque. Hacía muchísimo frío y aún estaba oscuro afuera. No revisaron nada. Vieron que teníamos las bengalas al día, un chequeo de papeles simple (nada que no pudiera hacerse en cualquier otro lado) y se despidieron deseándonos buen viaje.

No se demoró en llegar la hora de salir. Partiríamos a las 8 a.m. y, dicho y hecho, 8 en punto traspasábamos el puente “M” de acceso hacia el antepuerto. Anduvimos a motor hasta dejar atrás la escollera. Entretanto comenzamos a desayunar nuestras habituales galletitas con té.
¡Qué de insulso habría sido ese desayuno de no haber tenido como escenario tan increíble amanecer!. Un ámbar claro espectacular irradiaba el panorama por entero. El sol, que pocos minutos antes apenas asomaba en el horizonte de agua, ahora se aparecía oculto tras nubes doradas, encandilantes, sombreadas espléndidamente en sus contornos. Rayos de luz y sombra convergían en el punto intenso y luminoso de fuego para luego expandirse en todo su radio.
De este espectáculo se matizaba el río a la lejanía, presentándose también dorado en sus lindes con el cielo. Las gaviotas merodeaban cerca, quizás advirtiendo lo que la suerte nos deparaba.

Implementamos la asignación de roles, con la debida rotación en turnos de 1 hora. La primera formación fue: Pine al timón, Pablo Poi en escotas, Javier en cartas y Jero al descanso.
Apenas apagamos el motor y pusimos las velas, de la escollera se vio salir una flota de veleros a motor. A sabiendas y especulando, nos dimos cuenta que eran participantes de la regata que se haría ese mismo día hasta Colonia también. Para nuestra sorpresa, tomaron un rumbo completamente diferente (¿sería acaso porque habrían mejores vientos en esas zonas?). En lo que a nosotros concernía, pasaron 3 formaciones seguidas (3 horas), y aun veíamos la ciudad casi tan cerca como al principio. El viento no pasaba el nudo de velocidad.
Intentábamos engañar las ansias que nos generaba la quietud; de modo que hubo prácticas de violín, trompeta y guitarra a bordo. También lecturas y variadas charlas. Y así pasaron 2 horas más. Intentando todos los recursos posibles: silbar, halagar, suplicar y hasta blasfemar a Eolo... y de forma alguna nos ayudaba.
Sabíamos que podíamos estar esperando incluso hasta el anochecer, de modo que la paciencia hizo su lugar sobre el Ur-kirola.

No podíamos alcanzar los 3 nudos de velocidad, pero al menos poco a poco Buenos Aires se perdía tras nosotros, y era un poco más de viento que al principio. Ya eran las 14 hs, y celebramos nuestra pequeña esperanza con un almuerzo a bordo: guiso de papa con jardinera y salsa. Excelente para combatir el frío terrible.
Al sur y a la vista, aunque a lo lejos, divisábamos la flota que participaba en la regata. Nos seguíamos preguntando por qué tomaban un trayecto tan diferente al nuestro, si íbamos al mismo sitio. ¡Aun hoy nos lo preguntamos!.... Nosotros seguimos siempre el mismo rumbo; el que nos habían recomendado: hacia el Este, por latitud S 34º 30, derecho viejo y enfilando para Colonia del Sacramento.
Continuamos nuestro andar rotando roles. Pactamos como menester dormir en el puesto "descanso", ya que poca idea nos hacíamos de la hora en que podríamos llegar. Los vientos no eran en absoluto fieles en cuanto a dirección, velocidad, incluso a si nos asistían o no.
Por otro lado, en cuanto al táctico encargado de las cartas, no había mucho que hacer. El barco avanzaba a muy poca velocidad, y los desvíos o proximidad de obstáculos no era cosa por la que preocuparse más que cada 20 o 30 minutos. De modo que se le dio también el encargo de la asistencia interior: lavado de trastos utilizados en el almuerzo, preparado de la inminente merienda, etc.


Llegada la noche, continuábamos maniobrando a vela. El viento ya había tomado una intensidad más interesante y rozábamos los 4 nudos. El Capitán Javier mandaba al timón, Jerónimo en escotas y Pablo Poi era el táctico a cargo. Estábamos a pocas horas ya de nuestro destino, y a punto de entrar por el canal por el cual acceden los barcos grandes, ya sea de mercancía o pasajeros.
Para lograr el rumbo noreste que seguía el canal, debíamos ceñir al filo del viento, y aun así el ángulo nunca era el perfecto. Según marcan las cartas, nos flanqueaban dos vertederos, lindando con el canal, de modo que al primer descuido podíamos encallar en alguno de sendos obstáculos.
A la distancia se divisaba una imponente embarcación. Los ojos del largavistas nos informaron vagamente que se trataba de una draga mediando entre nosotros y la ruta de acceso. El viento nos obligaba acercarnos a ella para lograr el rumbo buscado.

Sabíamos que en breve necesitaríamos motor, por lo que decidimos encenderlo y achicar velas. En medio de este proceso, mientras el motor regulaba y enrollábamos la proa, un bocinazo grave, estremecedor y sorprendentemente cercano impone su presencia y retumba en nuestros oídos y nervios (sobre todo). Un faro de alta potencia nos encandila una y otra vez con largos destellos. Por fracciones de segundos pensamos en diferentes alternativas: en un principio, una colisión con el buque en sí mismo o no estar reservando la suficiente distancia. Poco después, tras ver sus luces de tope y corroborar que se trataba de una draga, que nos estuviera advirtiendo sobre un peligro cercano que no hayamos notado.

Pablo Poi encendió la radio en el canal 16:

-Aquí Ur-kirola para draga, ¿me copia?-.

-Si, aquí draga, lo copio-.

-Queremos saber qué ocurre que nos están haciendo señales-.

-Este es un canal de acceso, no se puede maniobrar a vela, caballero-

Era la oportunidad justa para salir limpiamente de la reprimenda:

-Si, nos habíamos dado cuenta ya adentro y encendimos el motor; no se preocupe; le pedimos mil disculpas-.


Continuamos entonces a motor hasta terminar el canal de acceso y llegar al puerto de Colonia del Sacramento. El mismo nos recibió enseñándonos una fachada maravillosa, una iluminación anaranjada en la noche tomaba protagonismo, y una flota entera de barcos yacía dormida y dispersa en rededor al muelle. Muchos amarrados a él, y muchos otros a los muertos disponibles en la bahia (para los no entendidos se aclara que no se trataba de cadaveres sino de bloques de cemento). Todo esto al tiempo hacía una vista jamás contemplada antes por nuestros ojos.
Pasamos por entre medio de las embarcaciones dormidas, en busca de un buen lugar donde dejar el barco. Una persona, desde el muelle, nos llama y hace seña. A ella vamos y nos indica entonces anclar por popa y atarnos al muelle por la proa. El sitio que nos tocó no tenía acceso directo al muelle en sí. Mientras todos los demás barcos tenían su salida fácil por escaleras y tablones, nosotros debíamos (de querer salir) hacer maromas y equilibrio por una viga de la estructura del muelle hasta recién tocar suelo. Tampoco teníamos luz ni comodidad alguna.
Una vez amarrados, ordenamos algunas cosas y decidimos salir a conocer la ciudad.
¡Que hermosa! La ciudad mostraba su primer disfraz, y se nos aparecía radiante, llena de vida, con un estilo antiguo, casas revestidas de piedra, suelo de adoquines, coches antiguos y faroles de antaño amarillos. Unas callejuelas llenas de historia y unos colores increíbles. Muchísimas personas daban vueltas por ahí; muchas otras estaban sentadas en los restaurantes teñidos de calidez y nosotros deleitábamos nuestros sentidos y nos dejábamos fluir con la energía del lugar y la nuestra propia. No está de más decir que la hermosura que contemplábamos era potenciada en creces por nuestra propia emoción ante el primer viaje largo, el primer cruce a otro país, el primer desembarco en destino y la primera cosecha del fruto de nuestro trayecto.

Más tarde regresamos al Ur-kirola y cenamos un riquísimo revuelto de espinacas. Los que aun querían ver la ciudad, partieron en una segunda expedición. Ellos fueron Pablo Poi y Jerónimo. Pineda y Javier prefirieron aprovechar la noche para dormir. El plan era levantarse a las 7 a.m. para realizar el trámite migratorio de llegada al país y disfrutar el sol en Colonia hasta nuestra partida, programada a las 10 de la mañana.
El paseo nocturno para los intrépidos navegantes que quedaban en pie fue provechoso y fraterno. Aquí la ciudad mostró su segunda cara: ya estaba más dormida. No había tanta gente merodeando y, tras caminar unas pocas cuadras por la bella fachada colonial, ésta se trocaba en una ciudad normal, como cualquier otra, pero más parecida a Buenos Aires: las formas de las calles, los semáforos, los árboles incluso.. Sólo las plazas mantenían un estilo especial, y también, gracias a algunos anuncios y marcas desconocidos, nos dábamos cuenta cada tanto que estábamos en otro país. La noche nos regaló personajes y personas, regadas en encuentros fugaces. Regresamos al barco muy satisfechos y habiéndonos dado lugar para charlas profundas con tinte filosófico y soñador.
Se durmió excelentemente.


Día 3. Domingo 1º de Junio.

El plan de levantarse a las 7:30 para hacer pronto los trámites y tener tiempo de recorrer Colonia hasta las 10 a.m. y entonces zarpar....... fracasó rotundamente.
Terminamos levantándonos a las 9 a.m., para enterarnos de que había una extensa cola en migraciones. Decidimos entonces comenzar el recorrido.
Nuevamente las pintorescas calles de Colonia fluían bajo nuestras pisadas. El faro, las ruinas de un fuerte, árboles invernales con garras crispadas, muelles y costas de piedra o tierra, un día espléndido y feliz. Tanto así que tomamos la nueva decisión de quedarnos allí hasta las 16 hs. Eso podría significar tardar otras 14 horas hasta Buenos Aires y tener que dormir en el antepuerto hasta la primera hora de apertura del puente “M” de acceso al YCPM, nuestro hogar.

En el recorrido, nos topamos con árboles de mandarina en plena calle... ¡con mandarinas!. Imposible no advertirlas. Furtivamente tomamos unas cuantas y nos sentamos a comerlas........... ¡¡Un pomelo se nos hacía dulce y suave en comparación a esas mandarinas!! ¡Que error comerlas!
Para nuestro deleite, la calle estaba repleta de mozuelas inmensamente dispuestas a mirarnos con intensidad y halagarnos por lo bajo. Una de las primeras señales, que se ven en las personas, de que uno salió de una ciudad Capital como Buenos Aires, está en la forma en que las mujeres se quitan el velo de la represión y la indiferencia, para dar a conocer de forma más sincera, aunque solemnemente, sus intenciones.
También el trato de la gente en general. Magnífico.

Hicimos los respectivos trámites: se nos cobró otros 38 pesos argentinos por la "amarra" que teníamos. Repetiré que la misma consistía en una soga atada a un poste con acceso a malabaristas por una viga hasta llegar recién al muelle. Sin luz ni comodidad alguna. Pero se nos cobró como si tuviéramos todo y más.

Sin la menor gana, volvimos al muelle para embarcarnos hacia nuestro regreso. Era la hora pactada. Hartos de bajar hacia el muelle para hacer equilibrio por la viga y llegar al barco como el hombre araña lo haría, optamos mejor por lanzarnos, cual piratas de película, por la driza. Entretanto nos disponíamos a caer, se nos acerca una señora de avanzada edad, preguntándonos si podíamos sacarla a pasear. Una situación desconcertante. Nuestra respuesta fue afirmativa, y hasta ofreció pagarnos... pero un hombre (quizá su hijo) la arrastró consigo, impidiendo que la operación se lleve a cabo. Gran esperanza y gran inspiración nos aportó. Así como una gran desilusión también... ¡lo bien que nos habría venido el dinero para cubrir los gastos!.
Pasado el sabroso pequeño momento de ilusión y desazón, nos lanzamos y zarpamos finalmente. Eran las 16:10 hs y la salida fue espléndida.
Nuevamente la designación de roles para la navegación. Esta vez, para hacer rendir el rol del descanso, se dispondría una nueva configuración: Uno en timón, otro en escotas y cartas y otros dos en un primer y segundo descanso. También 1 hora por turno. De esta forma el que entraba en descanso permanecía allí dos rotaciones.
Inflamos las velas y un viento en popa nos desplazaba a 4 nudos. Volvíamos con el sabor de la victoria de un cruce exitoso y la sed de imágenes, insaciada, al acecho. Todo nos parecía hermoso, armónico. Como partiéramos aquel día anterior con un amanecer de ensueño, ahora nos despedía Colonia con un atardecer rojizo, imponente y apacible.
Habíamos aplazado el almuerzo y el desayuno para hacer rendir la estadía en Colonia, y decidimos comer entonces. Directamente merendamos galletitas con té. Ya para almuerzo era tarde.
Pronto anocheció. Seguíamos con el viento en la popa del barco. Desplegamos las velas en la posición "orejas de burro" y la vela mayor y la genoa formaron un triángulo enorme.
La genoa completamente cóncava. La habíamos dejado bien filada para que tomara todo provecho del viento, cual spinaker. Si bien permanecía fija, cada tanto resoplaba y se sacudía. A petición de Jerónimo, a cargo del timón, colocamos el tangón, y entonces las cosas fueron pura dicha. El rumbo era fijo y claro: al Oeste en latitud S 34º 30'.

Excelente momento para reparar en el entorno: la noche era cerrada, sin luna, Mas las estrellas hacían gala de todo su brillo, mostrándose desvergonzadas y orgullosas sobre nosotros. Necesitaban atención, y se las dimos. De fondo, el Capitán había puesto música para satisfacer los oídos y el alma. Era una noche perfecta. Nada faltaba, nada sobraba.

Quizá haya sido la incesante e impecable asistencia del viento, o quizá la atención que demandaban las estrellas. Lo cierto es que el río se puso algo celoso y comenzó a escarmentarnos. Las olas eran constantes y nos bamboleaban de un lado a otro. Esto hacía que el viento no pudiera mantener firme a la genoa, y volvió a molestar a la maniobra. Esta vez fue el Capitán Javier quien peticionó el cambio de banda del tangón. Su teoría era que de esta forma, por más que las olas nos movieran, el viento debía pegar de lleno en toda posición.
Jerónimo y Pablo fueron entonces a posicionar el tangón. Al soltarlo del mástil mayor, advertimos que el cabo del tangón pasaba por el lado interno del baby stay de tal forma que jamás pudimos cambiarlo de banda. Debíase sostener entonces con todas las fuerzas, pues el viento, que ahora hacía sacudirse libremente a la genoa, tiraba constantemente el tangón hacia donde se le antojara.
La fuerza era desgarradora, y las manos de Pablo eran aplastadas una y otra vez contra el baby stay. El oleaje era cada vez peor y el barco había perdido su rumbo, con lo cual la genoa se sacudía cada vez más.
A los gritos nos comunicábamos para alzar nuestra voz a la del estrepitoso sonido del barco chocando contra el agua y de la genoa sacudiéndose violentamente. Javier ordenó a Jerónimo tomar el timón para poder reemplazarlo en la proa y ver por sus propios ojos lo que sucedía. Descubrió un panorama sin muchas opciones. Junto a Pablo intentaron soltar el tangón del lado en que agarraba a la genoa, pero fue imposible. El herraje estaba durísimo. Éste estaba enganchado al haz de guía de la escota de proa. Intentaron, juntando fuerzas, llevar un pliegue de la genoa de una banda a la otra, para enrollarla, pero fue imposible. La fuerza del viento era inmensa y no podíamos con ella. Todas las fuerzas se usaron y no hubo mejora alguna. La única opción entonces era cortar la escota y soltar por fin el tangón. Fue Javier por un cuchillo de la cocina, algo rápido, lo primero que encontró, pero no fue suficiente, la escota era muy dura. Las panzadas que pegaba el Ur-kirola eran cada vez con más impulso. Daba la sensación de estarse haciendo todo este trabajo en una especie de hamaca o, para no ir tan lejos, esos barcos piratas de los parques de diversiones que vertiginosamente van de un extremo y toman impulso hasta el otro. La diferencia era que ahora el peligro era real, el horizonte oscurísimo y el constante ruido de la genoa al sacudirse erizaba los pelos de cualquiera. Todo esto con un cuchillo en mano, daba el toque final a la escena de peligro.
Javier fue nuevamente a la cabina, en busca de un cuchillo más efectivo. Le entregó el cuchillo a Pablo y le dijo entonces que intentara cortarla mientras tanto.
Pablo tomó entonces el cuchillo, aferrándose con todas sus fuerzas al eje de la genoa. Aunque toda su voluntad estaba puesta en cortar ese cabo, el miedo lo paralizó y no había forma de moverse de esa postura. Ya se sentía un vértigo aterrador. La cabeza totalmente alerta: ¿y si nos clavamos mutuamente el cuchillo? ¿y si rasgo la genoa? ¿qué si ahora cae alguno? ¿qué método no estamos implementando para solucionar esto? ¿me voy a reír mañana? ¿mañana? ¿por qué tengo miedo, perdí alguna seguridad de que voy a vivir?. ¡Dios! la cantidad de pensamientos que asoman en un momento de peligro inminente puede ser ilimitada… Además, los ojos y oídos enfocados terriblemente en todo, los brazos y piernas doblando la fuerza común, la mezcla de miedo y emoción.
Por fin llegó Javier con un cuchillo más acorde en mano. El plan fue entonces que él cortaría la soga mientras Pablo lo sostenía. Fue así entonces. Pablo dejó el cuchillo en el suelo, a duras penas, y lo pisó. En un abrazo abarcó el abdomen completo de su amigo y el eje de la genoa, y sus manos entonces se tomaron con fuerza, haciendo las veces de cinturón. Ya Javier estaba seguro para poder hacer uso de todas sus fuerzas y atención en el corte de la escota. Se cortó la escota con éxito y la genoa se arrebató en un golpe violento. Pablo tomó ambos cuchillos y los tiró en la caja del ancla. Hizo falta la fuerza de ambos para enrollar la escota.
Finalizada la misión, volvieron todos a sus sitios. No fue del todo fácil reponerse de lo ocurrido. Nos felicitamos mutuamente entre todos por el desempeño, pero un dejo de tensión, miedo y arrepentimiento quedó en el fondo de la tripulación. Hoy algunos tenemos más conciencia acerca de lo que significa temer por la propia vida. ¿Cuántas veces más, y en qué tremendas formas, nos asaltará nuevamente el destino para darnos un buen susto? Quién sabe...
Continuamos viento en popa, pero sólo con la vela mayor. El río siguió picado hasta nuestro arribo, a las 23:30 hs. Nos llevó 7 horas y 20 minutos. La mitad que el viaje de ida. Nunca bajamos los 4 nudos.

Una vez en el antepuerto avisamos nuestra llegada y se nos abrió el puente de las 0:00 hs. Dejamos el barco en condiciones, enfilamos para migraciones y cerramos los trámites de llegada al país. Otros 32 pesos nos fueron hurtados.


Aprendizaje: En el próximo cruce a Colonia saldremos desde San Isidro, donde no cobran salida ni entrada al país. Una vez allá, de no haber amarras como la gente, fondearemos. Será necesario tener un gomón para entonces, pero qué más da… si de todas formas debemos adquirir uno.

Relatos: Pablo Poi

· Segunda ida a "El Pajarito"


Sábado 24 de mayo del 2008.

Aquel día decidimos salir por la tarde, a eso de las 19 hs, para dar lugar a otras actividades pendientes en tierra. Una de las más impostergables fue la jornada del curso de timonel del Pine.
Antes de las 18 nos encontramos la mayoría de la tripulación a bordo para los quehaceres correspondientes. Ordenamos un tanto, pero charlamos otro tanto más prolongado. Sin más, acercándonos a las 19 hs. ya estábamos preparados y soltando amarras. Seríamos cuatro los tripulantes entonces: Javier, Pineda, Jerónimo y Pablo. Como eventualmente sucede, Lis debía cumplir horarios laborales.

Aquella sería una navegación nocturna y sabíamos al respecto. El Capi entonces estuvo preocupado la mayor parte del trayecto por el rendimiento de energía que seríamos capaces de soportar, ya que las luces de tope nos consumen demasiado a comparación de todo el resto de la iluminación a batería.
Nos azotó sobremanera el frío que hizo. Pero la navegación fue prodigiosa. Los vientos eran fuertísimos. Tanto así que usamos dos manos de rizos y la genóa enrollada al tamaño de un tormentín. No bajamos los 5 nudos de velocidad.
Para mejores resultados implementamos, por vez primera, la asignación de roles y sus respectivas rotaciones de media hora. Para todos fue una experiencia magnífica, pues nos permitió una organización impecable, armoniosa. No hubo un sólo error, nada se rompió, nadie se preocupó por ningún desvío de rumbo, bolla o banco de arena sin prever. Todo estuvo contemplado durante las 3 horas que duró el viaje: cartas y GPS, timón, escotas. Todo tenía a alguien a cargo. El cuarto cargo era el de descanso, pues en cualquiera de los casos, debíamos estar descansados.
Como he dicho, fue un éxito y muy contentos quedamos con nuestra experiencia. Finalmente la tripulación entera habíamos hecho de forma completa todos y cada uno de los trabajos que requieren los puestos. Y este mérito, sobretodo en lectura de cartas y GPS, se notó en gran medida y nos enseñó mucho hasta a los que supiéramos cómo hacerlo.

Llegamos, embebidos en victoria y felicitaciones mutuas, al arrollo El Pajarito, en los alrededores del Delta. Tras esquivar algunos juncos, pasar barcos con fiestas dentro o barcos dormidos al fondeo, hallamos, bajo la luz de nuestro farol, un buen sitio donde pasar la noche. Nos amarramos entonces a un tronco que se hallaba inclinado hacia nosotros. Noche mediante, tuvimos algunos inconvenientes con el ramaje de los árboles vecinos, rozándolo violentamente con la vela enrollada de proa. Pero pasado eso, finalmente lo logramos: ancla por proa y amarra de popa. ¡Excelente estabilidad y listos para la cena!; Pine al mando de la cocina nos mandó a picar cebollas a los demás y preparó un riquísimo platillo no apto para hipertensos.
Tras un muy buen partido de Truco (ganado, no sin dificultades, por el equipo de Javier y Jerónimo), nos aprontamos para dormir y pasamos una noche estupenda, a pesar del frío.

Domingo 25 de Mayo.

En la mañana nos alistamos y zarpamos en busca de Maru, una compañera, con quien coincidiéramos la tarde anterior pasarla a buscar por un muelle de la zona. Fuimos ese pequeño trecho de 20 minutos a motor.
Para hacer tiempo, amarramos el Ur-kirola a una vieja embarcación oxidada que se hallaba en las cercanías del muelle de nuestros intereses. Sacamos algunas fotos y nos divertimos subiendo y bajando de ahí. Finalmente llegó, la recogimos y, tras el delicioso desayuno de churros, auspiciado por la invitada a bordo, ya estábamos listos para izar velas.
Esta vez, pese a las insistencias de Pablo, no se realizó asignación de rol alguno, y cada uno hacía lo que quería. De modo que las diferentes tareas consistieron en: leer, tocar diversos instrumentos, tomar fotos artísticas y no tanto, pescar.. también se charló mucho.
Se hizo un esbozo de ruta que iría por el río Vinculación hasta el Urión para finalmente desembocar en el Paraná de las Palmas.
Ya en el canal Vinculación, un prefecto y su perro nos hicieron bajar las velas, gritándonos, ladrándonos, y haciendo muecas desde el muelle. Parece que por ahí no está permitido la maniobra a vela. Una lástima. Nunca supimos donde sí se podía ir a vela, pero al salirnos de su vista, ya entrados al canal Mitre, volvimos a poner los trapos. ¡Cuál no fuera la desazón del momento al ver un gomón con 5 hombres en el medio del agua!. Haciéndonos señas y pidiendo ayuda, pues ese domingo, a esa hora, con ese frío y en ese lugar no había un alma a la vista que no fuéramos nosotros. Debimos, entonces, volver al motor y socorrerlos.
Mientras llegábamos Maru, nuestra invitada, bajó a la cabina por precaución y, los que estábamos en cubierta, pedimos un arma o algo con qué asustarlos en caso de que fuera una trampa de asaltantes. Al acercarnos las caras no eran precisamente de agradecimiento y eso nos puso un poco más a la guardia. Pero resultó sólo que eran algo desagradecidos (quizá producto de la alta sociedad a la que parecían pertenecer... al menos por su equipamiento).
Pretendieron por un momento prolongado que los llevásemos de vuelta a San Isidro. Pero no podíamos hacer tal desvío; nos dirigíamos a la Capital y, de cumplir con la petición, llegaríamos más tarde de lo que podíamos por cuestiones de responsabilidad personales. Incluso ofrecieron plata y, tras aceptar que no era asunto negociable, de mala gana aceptaron nuestro cabo y los arrastramos con nosotros.
Ya empezábamos a pensar si acaso pudiéramos subir las velas con el remolcado a cuestas cuando una lancha de auxilio llegó al rescate y se los llevó consigo.

Se había hecho hora del almuerzo, del cual también fue responsable el señor Pineda. Riquísimo guiso con papas, salsas y otros manjares. Excelente para contrarrestar el frío que hacía. Para la ocasión habíamos dejado la embarcación a la capa con velas; es decir que teníamos la proa acuartelada y el timón orzado, contrarrestando la fuerza. Siendo que no teníamos tierra a kilómetros a la deriva, nos tomamos nuestro tiempo de ingestión y sobremesa. El barco quedó perfectamente estable e imperceptible en desplazamiento, si es que acaso lo hiciese.
De regreso amainamos la timoneada encendiendo una de las computadoras para poder ver alguna película en cubierta. Continuó siendo jornada de ocio hasta el final.

No tuvimos mayores inconvenientes. Pronto avistamos la ciudad envuelta en una niebla espesa. De hecho, notábase que teníamos un cúmulo de niebla justo al lado nuestro. Casi podían apreciarse los contornos de una pelota enorme de humo blanco. Increíble para nuestros ojos.

Entramos en la apertura del puente "M" (Mike) de acceso a las 17 hs., llegando a casa, en Puerto Madero.

Relatos: Pablo Poi

Rumbo Dock Sud


Domingo 27 de Abril, 2008.

Hoy por fin pudimos salir del puerto. Intentamos hacerlo durante todo el fin de semana, pero el motor interno jamás funcionó, a pesar de los esfuerzos que invertimos en resucitarlo, fracasamos en nuestra labor.
De cualquier forma, pasamos el sábado entero a bordo de Ur-Kirola. Haciendo vida de amarrista, con un rico almuerzo de fideos con tuco y algunas charlas filosóficas y no tanto…. Éramos cuatro hasta entonces: Javier, Pine, Pablo Poi y Lis.

El domingo se nos ocurrió rendirnos ante los caprichos del motor interno y sacar de una buena vez el fuera de borda. La tarde cayó pronto, pero Jerónimo (el tripulante que faltaba) cayó tarde y debimos, entonces, esperar la apertura del puente de acceso recién para las 18 hs.
Nuestro último intento por arrancar el motor interno había vaciado por completo las baterías. El tiempo que teníamos para recargarlas, antes de salir, no era mucho.
20 minutos previos a partir nos preguntamos a dónde iríamos. Después de todo no lo habíamos pensado aun. Siendo que ya era bastante tarde, optamos por un lugar cercano a donde nos encontrábamos. Partiríamos entonces con destino a Dock Sud, en La Boca.

Nos desplazábamos hacia el acceso, saludando a cuantas personas posaran la vista en nosotros. El puente se abrió ante Ur-Kirola. Ya éramos libres. El Capitán Javier propuso amarrar en el paredón alto, o escollera, junto a la terminal de Buquebus y frente al puente de acceso; aquella a la cual habíamos amarrado ya una vez en busca de aventuras y que se dio en llamar “Puerto Pinocho” (debido a que por alguna parte del sitio, en aerosol, la palabra “Pinocho” se leía). La idea era la de terminar de prepararnos para desplegar de una buena vez las velas.
Pablo Poi fue el primero en dejar el barco, para escalar la escollera con una soga adujada al hombro. La embarcación fue amarrada y nos disponíamos a nuestra labor cuando de la nada se nos presentó un guardia de seguridad (sobre aquella escollera desértica… una presencia totalmente inesperada) advirtiéndonos que ésa era una propiedad privada que debíamos abandonar cuanto antes. Bajamos lanzándonos por el cabo de driza, despidiéndonos del guardia, quien no se movió del lugar hasta que el último de nosotros saltó.
Tuvimos que preparar el barco a la ligera mientras íbamos a motor hacia río abierto. La idea era la organización y el orden, para que todo estuviera a la mano y para que nada se volcara o rompiera en una escorada.
Al momento de izar velas, el viento nos había abandonado del todo. Lis recordó haber leído que, si bien silbar a bordo no era de buena suerte, en caso de que los vientos no soplasen, se podía recurrir al silbido como forma de estimular a Eolo. Javier y Pablo Poi improvisaron entonces una bonita melodía conjunta. A cuanto incrédulo hubiera a bordo tuvo que habérsele caído la boca al suelo al ver como poco a poco nuestras velas se iban inflando.

Nos hallábamos en medio de un panorama digno de ser apreciado por tiempo indefinido: la bruma reducía la visión del horizonte y cubría edificios, torres, barcos y muelles con una manta de misterio sobrecogedor. Más próximos, en el río, los peces estaban inquietos: saltaban o nos saludaban por doquier. Lis los miraba a la vez que manifestaba por ellos ternura y asombro ante cada maroma; mientras Jerónimo, antagónico, preparaba la caña de pesca. Ya hacía largo rato que maniobrábamos a vela y el frío empezó maltratarnos un poco, pero el viento se mantenía generoso. Fue una navegada limpia, sin borneos y con rumbo parejo, pero todos estábamos bastante cansados cuando cayó el sol, por lo que decidimos anclar ahí mismo, en medio del río, con el muelle de Dock Sud y sus luces a la vista.
Utilizamos la poca carga de batería que nos quedaba para las luces de tope reglamentarias. Dentro de la cabina reinaba la penumbra.
Una de las PC tenía aun carga propia, y decidimos cerrar la noche viendo un capítulo de South Park. En esos momentos, a poco menos de un kilómetro pasó una embarcación pesada a motor y a los pocos segundos empezó a mecerse Ur-Kirola. En un principio asumimos que este movimiento se debía al paso de aquel buque hacía ya unos minutos, pero empezó a extrañarnos que durase tanto el movimiento. Cada vez parecía moverse más y más. De cualquier forma, no quitamos la vista de nuestro entretenimiento sino hasta que vimos un primer relámpago asomarse por la puerta de la cabina, que inevitablemente nos hizo notar un encapotamiento repentino en el cielo entero a nuestro derredor. La tormenta era inminente.
Levamos el ancla e izamos la vela de proa. Quedarse en medio de la nada no sería buena idea. Debíamos ir a un lugar más resguardado, y optamos por regresar a los alrededores de Puerto Madero, donde abundan escolleras, muelles con conteiners y edificios altos.
Una vez en rumbo, nos movíamos a buen ritmo. Demasiado bueno, alcanzando los 6.4 ns. con nuestra única vela de proa desplegada al tamaño de un genoa. La lluvia empezó a caer, primero con pequeñas gotas y luego un torrencial reducía aun más la visión. A la propuesta de reducir el tamaño de la vela, Javier manifestó su deseo de que así se hiciera al rozar los 7 ns., y no pasó mucho tiempo hasta que, en efecto, la vela se redujo a un foque.
La tripulación en cubierta, empapada. Junto al viento que soplaba, hacían que el frío tomara demasiada intensidad como para hacernos perder ánimos, y se hacían falta cuantas personas se pudieran sobre la cubierta, ya que debíamos estar atentos de no golpear una boya sin señalizar o apagada (de las que abundan por aquí).
Finalmente, y antes de llegar a donde nos disponíamos, la lluvia cesó y el cielo se aclaró en su mayoría. Nuevamente rodeados de calma, tiramos el ancla frente a una plataforma de conteiners, junto a la ciudad. Desplegamos nuestras mantas y dormimos.

El primer viaje a "El Pajarito"



Sábado 12 de Abril, 2008.

Zarpamos a bordo de Ur-Kirola a las 17 hs del día sábado. Nuestro sitio de partida: Capital Federal, Puerto Madero; nuestro destino: Tigre, El Pajarito.
La tripulación dispuesta: Jerónimo, Javier, el Pineda y Pablo Poi. La idea era llegar a destino, pasar la noche y volver a la mañana siguiente con margen suficiente para las clases de navegación que, a las 16 hs, estarían aguardando por nuestro compañero Pine.

Partimos con vientos moderados a leves. Hermosa la tarde para tomar unos mates con bizcochitos (cosa que no nos negamos), pero para navegar a vela dejaba que desear. El escaso tráfico de barcos velero consensuaba esta opinión.
Íbamos a un promedio de 2 y medio a 3 ns. cuando el sol caía: una vista asombrosa; pocas veces deja de sorprendernos este tipo de fenómenos.
Revisábamos las cartas náuticas de vez en vez... conforme caía la noche, un tanto más seguido. No queríamos, pues, topar de proa a una boya sin luces. Sin embargo, la confianza en que nada abrupto podía suceder (y mucha pereza) nos ganó. Nuestro promedio de velocidad no superaba 1 ns., la falta de viento era increíble.
La confianza nos traicionó de medio a medio; pues estando todos dispersos: algunos leyendo, otros admirando el paisaje, otros quien sabe haciendo qué, encallamos.
La falta de viento no ayudaría a la causa. Nos negamos a encender el motor (no tan pronto, al menos. No sin intentar otra estrategia antes). El Capitán Javier decidió que debíamos escorar el barco. De modo que, mientras Jerónimo tomaba el mando del timón, Pine fue hacia la proa, y Javier y Pablo Poi colgaban de la botavara. Todos sobre la banda de estribor, meciéndonos.
Seguíamos encallados. Tal vez nos quedáramos ahí un largo rato hasta que subiera la marea… ¿cuánto podía faltar? ¿2 horas? ¿3, quizá?. Lo cierto es que la ansiedad nos carcomía, así que filamos aun más la botavara, dejándola casi perpendicular a la embarcación. Luego Jerónimo dejó el timón y acompañó, en la proa, a Pineda. Ambos colgados de los obenques. Javier y Pablo Poi utilizaron más del 70% del peso del cuerpo sobre la botavara. Sólo la luna nos iluminaba, colgados como estábamos, con la cara a pocos metros del agua helada, pero todo el río estaba envuelto en oscuridad y silencio, con su halo de misterio advirtiendo a nuestros corazones que, de caer en ese momento en él, quien sabe qué cosas podrían suceder allí debajo.
A punto estuvimos de rendirnos cuando una brisa piadosa nos empezó a desplazar. ¡Al fin estábamos liberados!. ¡Qué hermosa se veía ahora la luna llena!, reflejada en fragmentos sobre el río, ¡como en una pintura!. En una de las bandas la oscuridad tupida sobre el horizonte. De vez en cuando, destellos verdes y rojos brotaban de ella. En la otra banda, las luces de la ciudad, en San Isidro.

El viento jamás sopló mucho más fuerte. Llegamos a destino a las 22:30 hs., exactamente 5 horas y media de viaje. Estábamos exhaustos. El sito era una especie de canal angosto que transitaba entre medio de dos islas cubiertas de vegetación. La oscuridad era más profunda, pues los árboles cubrían la luna y no había indicios de luz artificial. Sacamos un faro de 12 v. y empezamos a iluminar alrededor. El haz de luz nos mostraba juncos en los lindes de las islas, una espesa neblina al ras del agua, y cada tanto nos dejaba ver alguna casa de madera sobre pilotes, o un muelle con el cartel de “Prohibido amarrar” o “Propiedad privada”. Buscábamos un sitio donde amarrar, o fondear y, para ello, no sólo registrábamos qué tan privadas eran las propiedades, sino que observábamos otros barcos, ya anclados, para estudiar su técnica de fondeo y la profundidad que ofrecía el sitio en cuestión.
Mientras tanto, dentro de la cabina, Pine y Pablo Poi preparaban unos fideos con salsa “boloñesa” (las comillas son porque de carne no tenía un trozo). Pronto la mesa estaría lista y la cena servida. Un aroma exquisito comenzaba a brotar, y los tripulantes estábamos hambrientos. No veíamos ya la hora de hallar el sitio adecuado.
En cubierta, seguíamos en la búsqueda. Vimos un sitio (que asemejaba un restaurante isleño), el cual no tenía cartel con prohibición alguno, pero seguimos de largo con esperanzas de hallar algo mejor. De entre las sombras empezaron a escucharse golpes rítmicos. Uno tras otro, de forma constante. Pronto se divisaron luces de colores a un costado del canal. Al acercarnos, apreciamos un yate bastante grande y lujoso, con música de discoteca, luces de discoteca y dos hombres maduros con muchachas ¿de discoteca?. Un espectáculo digno de remarcar.
Dimos la vuelta, encarando hacia el restaurante isleño. No habíamos hallado nada mejor. Una vez amarrados, unos perros se oyeron ladrar hostilmente y corretear hacia nosotros. Javier saltó hacia el barco en un reflejo de supervivencia, pero los perros no podían moverse más allá de cierto límite y, aliviados, nos frotamos el pecho.

Cenamos por fin y, tras una leve sobremesa en la que repasamos los planes del día siguiente, nos acostamos a dormir.

Domingo 13 de Abril

Nos equivocamos. ¡Nos habíamos equivocado de sitio cuando amarramos! Finalmente no estábamos en el restaurante isleño libre de amarras, sino en otro, muy similar (son todos iguales), pero privado. De modo que en la mañana, antes de zarpar, una señorita de expresión dura nos sugirió abandonar el lugar lo antes posible. Se podría decir, oficialmente, que nos echó.

Siendo que el día anterior el viaje nos había llevado 5 horas y media, para hoy domingo se estimó, en consecuencia, un regreso de otras 5 horas al menos; como para tener buen margen de error en caso de que fallaran los pronósticos, que anunciaban buenos vientos.
Puesto que, como dije, debíamos estar a las 16 hs. en la Capital Federal, zarpamos del Delta a las 10 am...
¡Los pronósticos eran acertados! Los vientos soplaron al punto de tener que tomar rizos y colocar la vela de proa al tamaño de un foque (ya que, con trapos de más, quien sabe dónde estaríamos ahora).
Nubarrones negros en el horizonte auguraban tormentas impiadosas, y estando en cabina no ayudaban en nada los fideos con “boloñesa” de la noche anterior. Nuestra velocidad rozaba los 6 ns. y el río de la Plata manifestaba su inquietud y se mostraba severo con el Ur-Kirola (o acaso fuera con la tripulación abordo).
El frío y el agua que cada tanto burlaban las bandas de estribor, azotaban. Sólo unos buenos mates con galletitas podrían contrarrestar tanta hostilidad. De modo que se hizo una ronda, mientras gozábamos de la velocidad que tomaba “Urki” y lo bien que se desplazaba, meciéndose al cortar las olas. La tormenta ya no llegaría a conocernos, y la severidad del río se nos había aliado, proporcionándonos una adrenalina casi lúdica.

Nos acercábamos a destino. Eran las 13:40 cuando divisamos la escollera distintiva del lugar. Dado el hecho de que el puente "M" de acceso abre cada hora en punto, nos disponíamos a entrar a las 14. Anunciamos por radio nuestro arribo.
Con las velas aun izadas, casi logramos entrar, pero lo cierto es que el viento quería seguir jugando con nosotros, impidiéndonos el ángulo necesario para dicha maniobra. De modo que de mala gana (pues también queríamos seguir jugando con él) tuvimos que bajar los trapos. Eran las 13:56 hs. cuando, a motor, nos acercábamos al puente de acceso. No habían mayores inconvenientes en atravesar ese trecho, pero lo cierto es que la distancia era mucha. 13:59… podíamos ver la esquina tras la cual se hallaba oculto el puente de acceso (seguramente abierto para nosotros). 14 hs…. a pocos metros (aun oculto el acceso tras la esquina) vemos salir un velero de él. Definitivamente nuestro puente ya estaba abierto.
Las palabras del Capitán fueron “Creo que te esperan…unos minutos”, pero para cuando llegamos a ver por fin de lleno el acceso, a las 14:02 hs., ya estaba cerrado.
Vuelta en redondo. Descripción del lugar: Puerto Madero, frente al ya mencionado puente de acceso y al linde de la terminal de Buquebus, existe un paredón de unos 8 o 9 mts. sobre el nivel del agua. Decidimos amarrar junto al paredón y escalarlo para poder explorar su superficie……. y para matar el tiempo muerto que nos quedaba hasta la siguiente apertura, a las 15 hs.

Arrimamos el Urki hasta la par del paredón y fue Pablo Poi el primero en trepar, mediante una serie de huecos en la pared a modo de escalera. Una vez en la cima, se le tiraron los respectivos cabos de amarre y ahí aseguramos la embarcación.
Mediante uno de los cabos amarrados, el Capitán Javier fue el segundo en desembarcar. Jerónimo, con gran habilidad el tercero y Pine se encargó de documentar el suceso tomando fotos desde el mejor ángulo.
Arriba pudimos apreciar un par de muelles derruidos, oxidados, con aspecto pseudo-post-apocalítico. Además de algunas plantas que crecían rompiendo el suelo de cemento, abandonado hace años. Una vista panorámica del horizonte cerraba la escena. Teníamos la ubicación digna de un faro, con lo cual se puede decir que fuimos espectadores privilegiados.
Pine lanzó la driza hacia el Capitán y luego la sujetó con fuerza, para compensar el peso que inminentemente se veía venir cuando Javier se sujetó el cabo entre las piernas y la cintura, dispuesto a descender. Así lo hizo, de un brinco se tomó de los obenques y se deslizó hacia la cubierta.
Veleristas se acercaron para verificar si necesitábamos algún tipo de ayuda. Quizá no comprendían nuestras “maniobras”. Al menos por sus caras de desconcierto, evidentemente ALGO no comprendían.
Una vez más, Pine lanzó la driza, y esta vez fue para Pablo Poi. Su técnica de descenso fue algo diferente, pues se enredó el cabo en el brazo para por fin sujetar un extremo. Luego de un salto piratezco cayó a cubierta. Jerónimo combinó ambas técnicas. Enredó el cabo en su brazo y al saltar sujetó los obenques. Repetimos la escena un par de veces hasta que por fin la hora se hubo hecho.
Sin más, arribamos a puerto y amarramos. Una aventura como pocas (hasta ahora).

Relatos: Pablo Poi