Odisea a Colonia



Día 1. Viernes 30 de Mayo, 2008.

El total de la tripulación que viajaría a Colonia al día siguiente ya se encontró reunida el viernes por la noche en el Ur-kirola. A excepción de Lis, la mujer a bordo (y por cuestiones laborales), todo el resto nos embarcábamos hacia la aventura. Era nuestra primera salida del suelo argentino en barco.

Cumplimos los debidos trámites en Migraciones. A cuadritas de nuestra amarra, en la sede de Puerto Madero (lugar del que partiríamos). El costo del trámite fue de $ 32.. ¡un robo!
Acabado el asunto burocrático del día, comenzamos a efectuar el orden y limpieza del Urki: mochilas, camperas, zapatos y trastos varios fueron colocados en su sitio, a fin de que a la mañana siguiente todo estuviera impecable y nada pudiera caerse o incomodarnos. También se vació y limpió debidamente el tanque de agua, se puso a punto el fuera de borda, etcétera, etcétera, etcétera.... fue tan aburrido como se lee, sí, pero necesario. Acabamos acostándonos a las 2 de la mañana.


Día 2. Sábado 31 de Mayo.

Violento despertar a las 6:30 a.m. para realizar los trámites finales en Prefectura y recibir dos prefectos para la inspección del buque. Hacía muchísimo frío y aún estaba oscuro afuera. No revisaron nada. Vieron que teníamos las bengalas al día, un chequeo de papeles simple (nada que no pudiera hacerse en cualquier otro lado) y se despidieron deseándonos buen viaje.

No se demoró en llegar la hora de salir. Partiríamos a las 8 a.m. y, dicho y hecho, 8 en punto traspasábamos el puente “M” de acceso hacia el antepuerto. Anduvimos a motor hasta dejar atrás la escollera. Entretanto comenzamos a desayunar nuestras habituales galletitas con té.
¡Qué de insulso habría sido ese desayuno de no haber tenido como escenario tan increíble amanecer!. Un ámbar claro espectacular irradiaba el panorama por entero. El sol, que pocos minutos antes apenas asomaba en el horizonte de agua, ahora se aparecía oculto tras nubes doradas, encandilantes, sombreadas espléndidamente en sus contornos. Rayos de luz y sombra convergían en el punto intenso y luminoso de fuego para luego expandirse en todo su radio.
De este espectáculo se matizaba el río a la lejanía, presentándose también dorado en sus lindes con el cielo. Las gaviotas merodeaban cerca, quizás advirtiendo lo que la suerte nos deparaba.

Implementamos la asignación de roles, con la debida rotación en turnos de 1 hora. La primera formación fue: Pine al timón, Pablo Poi en escotas, Javier en cartas y Jero al descanso.
Apenas apagamos el motor y pusimos las velas, de la escollera se vio salir una flota de veleros a motor. A sabiendas y especulando, nos dimos cuenta que eran participantes de la regata que se haría ese mismo día hasta Colonia también. Para nuestra sorpresa, tomaron un rumbo completamente diferente (¿sería acaso porque habrían mejores vientos en esas zonas?). En lo que a nosotros concernía, pasaron 3 formaciones seguidas (3 horas), y aun veíamos la ciudad casi tan cerca como al principio. El viento no pasaba el nudo de velocidad.
Intentábamos engañar las ansias que nos generaba la quietud; de modo que hubo prácticas de violín, trompeta y guitarra a bordo. También lecturas y variadas charlas. Y así pasaron 2 horas más. Intentando todos los recursos posibles: silbar, halagar, suplicar y hasta blasfemar a Eolo... y de forma alguna nos ayudaba.
Sabíamos que podíamos estar esperando incluso hasta el anochecer, de modo que la paciencia hizo su lugar sobre el Ur-kirola.

No podíamos alcanzar los 3 nudos de velocidad, pero al menos poco a poco Buenos Aires se perdía tras nosotros, y era un poco más de viento que al principio. Ya eran las 14 hs, y celebramos nuestra pequeña esperanza con un almuerzo a bordo: guiso de papa con jardinera y salsa. Excelente para combatir el frío terrible.
Al sur y a la vista, aunque a lo lejos, divisábamos la flota que participaba en la regata. Nos seguíamos preguntando por qué tomaban un trayecto tan diferente al nuestro, si íbamos al mismo sitio. ¡Aun hoy nos lo preguntamos!.... Nosotros seguimos siempre el mismo rumbo; el que nos habían recomendado: hacia el Este, por latitud S 34º 30, derecho viejo y enfilando para Colonia del Sacramento.
Continuamos nuestro andar rotando roles. Pactamos como menester dormir en el puesto "descanso", ya que poca idea nos hacíamos de la hora en que podríamos llegar. Los vientos no eran en absoluto fieles en cuanto a dirección, velocidad, incluso a si nos asistían o no.
Por otro lado, en cuanto al táctico encargado de las cartas, no había mucho que hacer. El barco avanzaba a muy poca velocidad, y los desvíos o proximidad de obstáculos no era cosa por la que preocuparse más que cada 20 o 30 minutos. De modo que se le dio también el encargo de la asistencia interior: lavado de trastos utilizados en el almuerzo, preparado de la inminente merienda, etc.


Llegada la noche, continuábamos maniobrando a vela. El viento ya había tomado una intensidad más interesante y rozábamos los 4 nudos. El Capitán Javier mandaba al timón, Jerónimo en escotas y Pablo Poi era el táctico a cargo. Estábamos a pocas horas ya de nuestro destino, y a punto de entrar por el canal por el cual acceden los barcos grandes, ya sea de mercancía o pasajeros.
Para lograr el rumbo noreste que seguía el canal, debíamos ceñir al filo del viento, y aun así el ángulo nunca era el perfecto. Según marcan las cartas, nos flanqueaban dos vertederos, lindando con el canal, de modo que al primer descuido podíamos encallar en alguno de sendos obstáculos.
A la distancia se divisaba una imponente embarcación. Los ojos del largavistas nos informaron vagamente que se trataba de una draga mediando entre nosotros y la ruta de acceso. El viento nos obligaba acercarnos a ella para lograr el rumbo buscado.

Sabíamos que en breve necesitaríamos motor, por lo que decidimos encenderlo y achicar velas. En medio de este proceso, mientras el motor regulaba y enrollábamos la proa, un bocinazo grave, estremecedor y sorprendentemente cercano impone su presencia y retumba en nuestros oídos y nervios (sobre todo). Un faro de alta potencia nos encandila una y otra vez con largos destellos. Por fracciones de segundos pensamos en diferentes alternativas: en un principio, una colisión con el buque en sí mismo o no estar reservando la suficiente distancia. Poco después, tras ver sus luces de tope y corroborar que se trataba de una draga, que nos estuviera advirtiendo sobre un peligro cercano que no hayamos notado.

Pablo Poi encendió la radio en el canal 16:

-Aquí Ur-kirola para draga, ¿me copia?-.

-Si, aquí draga, lo copio-.

-Queremos saber qué ocurre que nos están haciendo señales-.

-Este es un canal de acceso, no se puede maniobrar a vela, caballero-

Era la oportunidad justa para salir limpiamente de la reprimenda:

-Si, nos habíamos dado cuenta ya adentro y encendimos el motor; no se preocupe; le pedimos mil disculpas-.


Continuamos entonces a motor hasta terminar el canal de acceso y llegar al puerto de Colonia del Sacramento. El mismo nos recibió enseñándonos una fachada maravillosa, una iluminación anaranjada en la noche tomaba protagonismo, y una flota entera de barcos yacía dormida y dispersa en rededor al muelle. Muchos amarrados a él, y muchos otros a los muertos disponibles en la bahia (para los no entendidos se aclara que no se trataba de cadaveres sino de bloques de cemento). Todo esto al tiempo hacía una vista jamás contemplada antes por nuestros ojos.
Pasamos por entre medio de las embarcaciones dormidas, en busca de un buen lugar donde dejar el barco. Una persona, desde el muelle, nos llama y hace seña. A ella vamos y nos indica entonces anclar por popa y atarnos al muelle por la proa. El sitio que nos tocó no tenía acceso directo al muelle en sí. Mientras todos los demás barcos tenían su salida fácil por escaleras y tablones, nosotros debíamos (de querer salir) hacer maromas y equilibrio por una viga de la estructura del muelle hasta recién tocar suelo. Tampoco teníamos luz ni comodidad alguna.
Una vez amarrados, ordenamos algunas cosas y decidimos salir a conocer la ciudad.
¡Que hermosa! La ciudad mostraba su primer disfraz, y se nos aparecía radiante, llena de vida, con un estilo antiguo, casas revestidas de piedra, suelo de adoquines, coches antiguos y faroles de antaño amarillos. Unas callejuelas llenas de historia y unos colores increíbles. Muchísimas personas daban vueltas por ahí; muchas otras estaban sentadas en los restaurantes teñidos de calidez y nosotros deleitábamos nuestros sentidos y nos dejábamos fluir con la energía del lugar y la nuestra propia. No está de más decir que la hermosura que contemplábamos era potenciada en creces por nuestra propia emoción ante el primer viaje largo, el primer cruce a otro país, el primer desembarco en destino y la primera cosecha del fruto de nuestro trayecto.

Más tarde regresamos al Ur-kirola y cenamos un riquísimo revuelto de espinacas. Los que aun querían ver la ciudad, partieron en una segunda expedición. Ellos fueron Pablo Poi y Jerónimo. Pineda y Javier prefirieron aprovechar la noche para dormir. El plan era levantarse a las 7 a.m. para realizar el trámite migratorio de llegada al país y disfrutar el sol en Colonia hasta nuestra partida, programada a las 10 de la mañana.
El paseo nocturno para los intrépidos navegantes que quedaban en pie fue provechoso y fraterno. Aquí la ciudad mostró su segunda cara: ya estaba más dormida. No había tanta gente merodeando y, tras caminar unas pocas cuadras por la bella fachada colonial, ésta se trocaba en una ciudad normal, como cualquier otra, pero más parecida a Buenos Aires: las formas de las calles, los semáforos, los árboles incluso.. Sólo las plazas mantenían un estilo especial, y también, gracias a algunos anuncios y marcas desconocidos, nos dábamos cuenta cada tanto que estábamos en otro país. La noche nos regaló personajes y personas, regadas en encuentros fugaces. Regresamos al barco muy satisfechos y habiéndonos dado lugar para charlas profundas con tinte filosófico y soñador.
Se durmió excelentemente.


Día 3. Domingo 1º de Junio.

El plan de levantarse a las 7:30 para hacer pronto los trámites y tener tiempo de recorrer Colonia hasta las 10 a.m. y entonces zarpar....... fracasó rotundamente.
Terminamos levantándonos a las 9 a.m., para enterarnos de que había una extensa cola en migraciones. Decidimos entonces comenzar el recorrido.
Nuevamente las pintorescas calles de Colonia fluían bajo nuestras pisadas. El faro, las ruinas de un fuerte, árboles invernales con garras crispadas, muelles y costas de piedra o tierra, un día espléndido y feliz. Tanto así que tomamos la nueva decisión de quedarnos allí hasta las 16 hs. Eso podría significar tardar otras 14 horas hasta Buenos Aires y tener que dormir en el antepuerto hasta la primera hora de apertura del puente “M” de acceso al YCPM, nuestro hogar.

En el recorrido, nos topamos con árboles de mandarina en plena calle... ¡con mandarinas!. Imposible no advertirlas. Furtivamente tomamos unas cuantas y nos sentamos a comerlas........... ¡¡Un pomelo se nos hacía dulce y suave en comparación a esas mandarinas!! ¡Que error comerlas!
Para nuestro deleite, la calle estaba repleta de mozuelas inmensamente dispuestas a mirarnos con intensidad y halagarnos por lo bajo. Una de las primeras señales, que se ven en las personas, de que uno salió de una ciudad Capital como Buenos Aires, está en la forma en que las mujeres se quitan el velo de la represión y la indiferencia, para dar a conocer de forma más sincera, aunque solemnemente, sus intenciones.
También el trato de la gente en general. Magnífico.

Hicimos los respectivos trámites: se nos cobró otros 38 pesos argentinos por la "amarra" que teníamos. Repetiré que la misma consistía en una soga atada a un poste con acceso a malabaristas por una viga hasta llegar recién al muelle. Sin luz ni comodidad alguna. Pero se nos cobró como si tuviéramos todo y más.

Sin la menor gana, volvimos al muelle para embarcarnos hacia nuestro regreso. Era la hora pactada. Hartos de bajar hacia el muelle para hacer equilibrio por la viga y llegar al barco como el hombre araña lo haría, optamos mejor por lanzarnos, cual piratas de película, por la driza. Entretanto nos disponíamos a caer, se nos acerca una señora de avanzada edad, preguntándonos si podíamos sacarla a pasear. Una situación desconcertante. Nuestra respuesta fue afirmativa, y hasta ofreció pagarnos... pero un hombre (quizá su hijo) la arrastró consigo, impidiendo que la operación se lleve a cabo. Gran esperanza y gran inspiración nos aportó. Así como una gran desilusión también... ¡lo bien que nos habría venido el dinero para cubrir los gastos!.
Pasado el sabroso pequeño momento de ilusión y desazón, nos lanzamos y zarpamos finalmente. Eran las 16:10 hs y la salida fue espléndida.
Nuevamente la designación de roles para la navegación. Esta vez, para hacer rendir el rol del descanso, se dispondría una nueva configuración: Uno en timón, otro en escotas y cartas y otros dos en un primer y segundo descanso. También 1 hora por turno. De esta forma el que entraba en descanso permanecía allí dos rotaciones.
Inflamos las velas y un viento en popa nos desplazaba a 4 nudos. Volvíamos con el sabor de la victoria de un cruce exitoso y la sed de imágenes, insaciada, al acecho. Todo nos parecía hermoso, armónico. Como partiéramos aquel día anterior con un amanecer de ensueño, ahora nos despedía Colonia con un atardecer rojizo, imponente y apacible.
Habíamos aplazado el almuerzo y el desayuno para hacer rendir la estadía en Colonia, y decidimos comer entonces. Directamente merendamos galletitas con té. Ya para almuerzo era tarde.
Pronto anocheció. Seguíamos con el viento en la popa del barco. Desplegamos las velas en la posición "orejas de burro" y la vela mayor y la genoa formaron un triángulo enorme.
La genoa completamente cóncava. La habíamos dejado bien filada para que tomara todo provecho del viento, cual spinaker. Si bien permanecía fija, cada tanto resoplaba y se sacudía. A petición de Jerónimo, a cargo del timón, colocamos el tangón, y entonces las cosas fueron pura dicha. El rumbo era fijo y claro: al Oeste en latitud S 34º 30'.

Excelente momento para reparar en el entorno: la noche era cerrada, sin luna, Mas las estrellas hacían gala de todo su brillo, mostrándose desvergonzadas y orgullosas sobre nosotros. Necesitaban atención, y se las dimos. De fondo, el Capitán había puesto música para satisfacer los oídos y el alma. Era una noche perfecta. Nada faltaba, nada sobraba.

Quizá haya sido la incesante e impecable asistencia del viento, o quizá la atención que demandaban las estrellas. Lo cierto es que el río se puso algo celoso y comenzó a escarmentarnos. Las olas eran constantes y nos bamboleaban de un lado a otro. Esto hacía que el viento no pudiera mantener firme a la genoa, y volvió a molestar a la maniobra. Esta vez fue el Capitán Javier quien peticionó el cambio de banda del tangón. Su teoría era que de esta forma, por más que las olas nos movieran, el viento debía pegar de lleno en toda posición.
Jerónimo y Pablo fueron entonces a posicionar el tangón. Al soltarlo del mástil mayor, advertimos que el cabo del tangón pasaba por el lado interno del baby stay de tal forma que jamás pudimos cambiarlo de banda. Debíase sostener entonces con todas las fuerzas, pues el viento, que ahora hacía sacudirse libremente a la genoa, tiraba constantemente el tangón hacia donde se le antojara.
La fuerza era desgarradora, y las manos de Pablo eran aplastadas una y otra vez contra el baby stay. El oleaje era cada vez peor y el barco había perdido su rumbo, con lo cual la genoa se sacudía cada vez más.
A los gritos nos comunicábamos para alzar nuestra voz a la del estrepitoso sonido del barco chocando contra el agua y de la genoa sacudiéndose violentamente. Javier ordenó a Jerónimo tomar el timón para poder reemplazarlo en la proa y ver por sus propios ojos lo que sucedía. Descubrió un panorama sin muchas opciones. Junto a Pablo intentaron soltar el tangón del lado en que agarraba a la genoa, pero fue imposible. El herraje estaba durísimo. Éste estaba enganchado al haz de guía de la escota de proa. Intentaron, juntando fuerzas, llevar un pliegue de la genoa de una banda a la otra, para enrollarla, pero fue imposible. La fuerza del viento era inmensa y no podíamos con ella. Todas las fuerzas se usaron y no hubo mejora alguna. La única opción entonces era cortar la escota y soltar por fin el tangón. Fue Javier por un cuchillo de la cocina, algo rápido, lo primero que encontró, pero no fue suficiente, la escota era muy dura. Las panzadas que pegaba el Ur-kirola eran cada vez con más impulso. Daba la sensación de estarse haciendo todo este trabajo en una especie de hamaca o, para no ir tan lejos, esos barcos piratas de los parques de diversiones que vertiginosamente van de un extremo y toman impulso hasta el otro. La diferencia era que ahora el peligro era real, el horizonte oscurísimo y el constante ruido de la genoa al sacudirse erizaba los pelos de cualquiera. Todo esto con un cuchillo en mano, daba el toque final a la escena de peligro.
Javier fue nuevamente a la cabina, en busca de un cuchillo más efectivo. Le entregó el cuchillo a Pablo y le dijo entonces que intentara cortarla mientras tanto.
Pablo tomó entonces el cuchillo, aferrándose con todas sus fuerzas al eje de la genoa. Aunque toda su voluntad estaba puesta en cortar ese cabo, el miedo lo paralizó y no había forma de moverse de esa postura. Ya se sentía un vértigo aterrador. La cabeza totalmente alerta: ¿y si nos clavamos mutuamente el cuchillo? ¿y si rasgo la genoa? ¿qué si ahora cae alguno? ¿qué método no estamos implementando para solucionar esto? ¿me voy a reír mañana? ¿mañana? ¿por qué tengo miedo, perdí alguna seguridad de que voy a vivir?. ¡Dios! la cantidad de pensamientos que asoman en un momento de peligro inminente puede ser ilimitada… Además, los ojos y oídos enfocados terriblemente en todo, los brazos y piernas doblando la fuerza común, la mezcla de miedo y emoción.
Por fin llegó Javier con un cuchillo más acorde en mano. El plan fue entonces que él cortaría la soga mientras Pablo lo sostenía. Fue así entonces. Pablo dejó el cuchillo en el suelo, a duras penas, y lo pisó. En un abrazo abarcó el abdomen completo de su amigo y el eje de la genoa, y sus manos entonces se tomaron con fuerza, haciendo las veces de cinturón. Ya Javier estaba seguro para poder hacer uso de todas sus fuerzas y atención en el corte de la escota. Se cortó la escota con éxito y la genoa se arrebató en un golpe violento. Pablo tomó ambos cuchillos y los tiró en la caja del ancla. Hizo falta la fuerza de ambos para enrollar la escota.
Finalizada la misión, volvieron todos a sus sitios. No fue del todo fácil reponerse de lo ocurrido. Nos felicitamos mutuamente entre todos por el desempeño, pero un dejo de tensión, miedo y arrepentimiento quedó en el fondo de la tripulación. Hoy algunos tenemos más conciencia acerca de lo que significa temer por la propia vida. ¿Cuántas veces más, y en qué tremendas formas, nos asaltará nuevamente el destino para darnos un buen susto? Quién sabe...
Continuamos viento en popa, pero sólo con la vela mayor. El río siguió picado hasta nuestro arribo, a las 23:30 hs. Nos llevó 7 horas y 20 minutos. La mitad que el viaje de ida. Nunca bajamos los 4 nudos.

Una vez en el antepuerto avisamos nuestra llegada y se nos abrió el puente de las 0:00 hs. Dejamos el barco en condiciones, enfilamos para migraciones y cerramos los trámites de llegada al país. Otros 32 pesos nos fueron hurtados.


Aprendizaje: En el próximo cruce a Colonia saldremos desde San Isidro, donde no cobran salida ni entrada al país. Una vez allá, de no haber amarras como la gente, fondearemos. Será necesario tener un gomón para entonces, pero qué más da… si de todas formas debemos adquirir uno.

Relatos: Pablo Poi

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