El primer viaje a "El Pajarito"



Sábado 12 de Abril, 2008.

Zarpamos a bordo de Ur-Kirola a las 17 hs del día sábado. Nuestro sitio de partida: Capital Federal, Puerto Madero; nuestro destino: Tigre, El Pajarito.
La tripulación dispuesta: Jerónimo, Javier, el Pineda y Pablo Poi. La idea era llegar a destino, pasar la noche y volver a la mañana siguiente con margen suficiente para las clases de navegación que, a las 16 hs, estarían aguardando por nuestro compañero Pine.

Partimos con vientos moderados a leves. Hermosa la tarde para tomar unos mates con bizcochitos (cosa que no nos negamos), pero para navegar a vela dejaba que desear. El escaso tráfico de barcos velero consensuaba esta opinión.
Íbamos a un promedio de 2 y medio a 3 ns. cuando el sol caía: una vista asombrosa; pocas veces deja de sorprendernos este tipo de fenómenos.
Revisábamos las cartas náuticas de vez en vez... conforme caía la noche, un tanto más seguido. No queríamos, pues, topar de proa a una boya sin luces. Sin embargo, la confianza en que nada abrupto podía suceder (y mucha pereza) nos ganó. Nuestro promedio de velocidad no superaba 1 ns., la falta de viento era increíble.
La confianza nos traicionó de medio a medio; pues estando todos dispersos: algunos leyendo, otros admirando el paisaje, otros quien sabe haciendo qué, encallamos.
La falta de viento no ayudaría a la causa. Nos negamos a encender el motor (no tan pronto, al menos. No sin intentar otra estrategia antes). El Capitán Javier decidió que debíamos escorar el barco. De modo que, mientras Jerónimo tomaba el mando del timón, Pine fue hacia la proa, y Javier y Pablo Poi colgaban de la botavara. Todos sobre la banda de estribor, meciéndonos.
Seguíamos encallados. Tal vez nos quedáramos ahí un largo rato hasta que subiera la marea… ¿cuánto podía faltar? ¿2 horas? ¿3, quizá?. Lo cierto es que la ansiedad nos carcomía, así que filamos aun más la botavara, dejándola casi perpendicular a la embarcación. Luego Jerónimo dejó el timón y acompañó, en la proa, a Pineda. Ambos colgados de los obenques. Javier y Pablo Poi utilizaron más del 70% del peso del cuerpo sobre la botavara. Sólo la luna nos iluminaba, colgados como estábamos, con la cara a pocos metros del agua helada, pero todo el río estaba envuelto en oscuridad y silencio, con su halo de misterio advirtiendo a nuestros corazones que, de caer en ese momento en él, quien sabe qué cosas podrían suceder allí debajo.
A punto estuvimos de rendirnos cuando una brisa piadosa nos empezó a desplazar. ¡Al fin estábamos liberados!. ¡Qué hermosa se veía ahora la luna llena!, reflejada en fragmentos sobre el río, ¡como en una pintura!. En una de las bandas la oscuridad tupida sobre el horizonte. De vez en cuando, destellos verdes y rojos brotaban de ella. En la otra banda, las luces de la ciudad, en San Isidro.

El viento jamás sopló mucho más fuerte. Llegamos a destino a las 22:30 hs., exactamente 5 horas y media de viaje. Estábamos exhaustos. El sito era una especie de canal angosto que transitaba entre medio de dos islas cubiertas de vegetación. La oscuridad era más profunda, pues los árboles cubrían la luna y no había indicios de luz artificial. Sacamos un faro de 12 v. y empezamos a iluminar alrededor. El haz de luz nos mostraba juncos en los lindes de las islas, una espesa neblina al ras del agua, y cada tanto nos dejaba ver alguna casa de madera sobre pilotes, o un muelle con el cartel de “Prohibido amarrar” o “Propiedad privada”. Buscábamos un sitio donde amarrar, o fondear y, para ello, no sólo registrábamos qué tan privadas eran las propiedades, sino que observábamos otros barcos, ya anclados, para estudiar su técnica de fondeo y la profundidad que ofrecía el sitio en cuestión.
Mientras tanto, dentro de la cabina, Pine y Pablo Poi preparaban unos fideos con salsa “boloñesa” (las comillas son porque de carne no tenía un trozo). Pronto la mesa estaría lista y la cena servida. Un aroma exquisito comenzaba a brotar, y los tripulantes estábamos hambrientos. No veíamos ya la hora de hallar el sitio adecuado.
En cubierta, seguíamos en la búsqueda. Vimos un sitio (que asemejaba un restaurante isleño), el cual no tenía cartel con prohibición alguno, pero seguimos de largo con esperanzas de hallar algo mejor. De entre las sombras empezaron a escucharse golpes rítmicos. Uno tras otro, de forma constante. Pronto se divisaron luces de colores a un costado del canal. Al acercarnos, apreciamos un yate bastante grande y lujoso, con música de discoteca, luces de discoteca y dos hombres maduros con muchachas ¿de discoteca?. Un espectáculo digno de remarcar.
Dimos la vuelta, encarando hacia el restaurante isleño. No habíamos hallado nada mejor. Una vez amarrados, unos perros se oyeron ladrar hostilmente y corretear hacia nosotros. Javier saltó hacia el barco en un reflejo de supervivencia, pero los perros no podían moverse más allá de cierto límite y, aliviados, nos frotamos el pecho.

Cenamos por fin y, tras una leve sobremesa en la que repasamos los planes del día siguiente, nos acostamos a dormir.

Domingo 13 de Abril

Nos equivocamos. ¡Nos habíamos equivocado de sitio cuando amarramos! Finalmente no estábamos en el restaurante isleño libre de amarras, sino en otro, muy similar (son todos iguales), pero privado. De modo que en la mañana, antes de zarpar, una señorita de expresión dura nos sugirió abandonar el lugar lo antes posible. Se podría decir, oficialmente, que nos echó.

Siendo que el día anterior el viaje nos había llevado 5 horas y media, para hoy domingo se estimó, en consecuencia, un regreso de otras 5 horas al menos; como para tener buen margen de error en caso de que fallaran los pronósticos, que anunciaban buenos vientos.
Puesto que, como dije, debíamos estar a las 16 hs. en la Capital Federal, zarpamos del Delta a las 10 am...
¡Los pronósticos eran acertados! Los vientos soplaron al punto de tener que tomar rizos y colocar la vela de proa al tamaño de un foque (ya que, con trapos de más, quien sabe dónde estaríamos ahora).
Nubarrones negros en el horizonte auguraban tormentas impiadosas, y estando en cabina no ayudaban en nada los fideos con “boloñesa” de la noche anterior. Nuestra velocidad rozaba los 6 ns. y el río de la Plata manifestaba su inquietud y se mostraba severo con el Ur-Kirola (o acaso fuera con la tripulación abordo).
El frío y el agua que cada tanto burlaban las bandas de estribor, azotaban. Sólo unos buenos mates con galletitas podrían contrarrestar tanta hostilidad. De modo que se hizo una ronda, mientras gozábamos de la velocidad que tomaba “Urki” y lo bien que se desplazaba, meciéndose al cortar las olas. La tormenta ya no llegaría a conocernos, y la severidad del río se nos había aliado, proporcionándonos una adrenalina casi lúdica.

Nos acercábamos a destino. Eran las 13:40 cuando divisamos la escollera distintiva del lugar. Dado el hecho de que el puente "M" de acceso abre cada hora en punto, nos disponíamos a entrar a las 14. Anunciamos por radio nuestro arribo.
Con las velas aun izadas, casi logramos entrar, pero lo cierto es que el viento quería seguir jugando con nosotros, impidiéndonos el ángulo necesario para dicha maniobra. De modo que de mala gana (pues también queríamos seguir jugando con él) tuvimos que bajar los trapos. Eran las 13:56 hs. cuando, a motor, nos acercábamos al puente de acceso. No habían mayores inconvenientes en atravesar ese trecho, pero lo cierto es que la distancia era mucha. 13:59… podíamos ver la esquina tras la cual se hallaba oculto el puente de acceso (seguramente abierto para nosotros). 14 hs…. a pocos metros (aun oculto el acceso tras la esquina) vemos salir un velero de él. Definitivamente nuestro puente ya estaba abierto.
Las palabras del Capitán fueron “Creo que te esperan…unos minutos”, pero para cuando llegamos a ver por fin de lleno el acceso, a las 14:02 hs., ya estaba cerrado.
Vuelta en redondo. Descripción del lugar: Puerto Madero, frente al ya mencionado puente de acceso y al linde de la terminal de Buquebus, existe un paredón de unos 8 o 9 mts. sobre el nivel del agua. Decidimos amarrar junto al paredón y escalarlo para poder explorar su superficie……. y para matar el tiempo muerto que nos quedaba hasta la siguiente apertura, a las 15 hs.

Arrimamos el Urki hasta la par del paredón y fue Pablo Poi el primero en trepar, mediante una serie de huecos en la pared a modo de escalera. Una vez en la cima, se le tiraron los respectivos cabos de amarre y ahí aseguramos la embarcación.
Mediante uno de los cabos amarrados, el Capitán Javier fue el segundo en desembarcar. Jerónimo, con gran habilidad el tercero y Pine se encargó de documentar el suceso tomando fotos desde el mejor ángulo.
Arriba pudimos apreciar un par de muelles derruidos, oxidados, con aspecto pseudo-post-apocalítico. Además de algunas plantas que crecían rompiendo el suelo de cemento, abandonado hace años. Una vista panorámica del horizonte cerraba la escena. Teníamos la ubicación digna de un faro, con lo cual se puede decir que fuimos espectadores privilegiados.
Pine lanzó la driza hacia el Capitán y luego la sujetó con fuerza, para compensar el peso que inminentemente se veía venir cuando Javier se sujetó el cabo entre las piernas y la cintura, dispuesto a descender. Así lo hizo, de un brinco se tomó de los obenques y se deslizó hacia la cubierta.
Veleristas se acercaron para verificar si necesitábamos algún tipo de ayuda. Quizá no comprendían nuestras “maniobras”. Al menos por sus caras de desconcierto, evidentemente ALGO no comprendían.
Una vez más, Pine lanzó la driza, y esta vez fue para Pablo Poi. Su técnica de descenso fue algo diferente, pues se enredó el cabo en el brazo para por fin sujetar un extremo. Luego de un salto piratezco cayó a cubierta. Jerónimo combinó ambas técnicas. Enredó el cabo en su brazo y al saltar sujetó los obenques. Repetimos la escena un par de veces hasta que por fin la hora se hubo hecho.
Sin más, arribamos a puerto y amarramos. Una aventura como pocas (hasta ahora).

Relatos: Pablo Poi

1 comentario:

HER dijo...

Muy buenos los relatos!

saludo a todos en especial al capi,jero y pablo,compañeros de travesia en las selvas misioneras!

HER.