Domingo 27 de Abril, 2008.
Hoy por fin pudimos salir del puerto. Intentamos hacerlo durante todo el fin de semana, pero el motor interno jamás funcionó, a pesar de los esfuerzos que invertimos en resucitarlo, fracasamos en nuestra labor.
De cualquier forma, pasamos el sábado entero a bordo de Ur-Kirola. Haciendo vida de amarrista, con un rico almuerzo de fideos con tuco y algunas charlas filosóficas y no tanto…. Éramos cuatro hasta entonces: Javier, Pine, Pablo Poi y Lis.
Nuestro último intento por arrancar el motor interno había vaciado por completo las baterías. El tiempo que teníamos para recargarlas, antes de salir, no era mucho.
20 minutos previos a partir nos preguntamos a dónde iríamos. Después de todo no lo habíamos pensado aun. Siendo que ya era bastante tarde, optamos por un lugar cercano a donde nos encontrábamos. Partiríamos entonces con destino a Dock Sud, en
Nos desplazábamos hacia el acceso, saludando a cuantas personas posaran la vista en nosotros. El puente se abrió ante Ur-Kirola. Ya éramos libres. El Capitán Javier propuso amarrar en el paredón alto, o escollera, junto a la terminal de Buquebus y frente al puente de acceso; aquella a la cual habíamos amarrado ya una vez en busca de aventuras y que se dio en llamar “Puerto Pinocho” (debido a que por alguna parte del sitio, en aerosol, la palabra “Pinocho” se leía). La idea era la de terminar de prepararnos para desplegar de una buena vez las velas.
Pablo Poi fue el primero en dejar el barco, para escalar la escollera con una soga adujada al hombro. La embarcación fue amarrada y nos disponíamos a nuestra labor cuando de la nada se nos presentó un guardia de seguridad (sobre aquella escollera desértica… una presencia totalmente inesperada) advirtiéndonos que ésa era una propiedad privada que debíamos abandonar cuanto antes. Bajamos lanzándonos por el cabo de driza, despidiéndonos del guardia, quien no se movió del lugar hasta que el último de nosotros saltó.
Tuvimos que preparar el barco a la ligera mientras íbamos a motor hacia río abierto. La idea era la organización y el orden, para que todo estuviera a la mano y para que nada se volcara o rompiera en una escorada.
Al momento de izar velas, el viento nos había abandonado del todo. Lis recordó haber leído que, si bien silbar a bordo no era de buena suerte, en caso de que los vientos no soplasen, se podía recurrir al silbido como forma de estimular a Eolo. Javier y Pablo Poi improvisaron entonces una bonita melodía conjunta. A cuanto incrédulo hubiera a bordo tuvo que habérsele caído la boca al suelo al ver como poco a poco nuestras velas se iban inflando.
Utilizamos la poca carga de batería que nos quedaba para las luces de tope reglamentarias. Dentro de la cabina reinaba la penumbra.
Una de las PC tenía aun carga propia, y decidimos cerrar la noche viendo un capítulo de South Park. En esos momentos, a poco menos de un kilómetro pasó una embarcación pesada a motor y a los pocos segundos empezó a mecerse Ur-Kirola. En un principio asumimos que este movimiento se debía al paso de aquel buque hacía ya unos minutos, pero empezó a extrañarnos que durase tanto el movimiento. Cada vez parecía moverse más y más. De cualquier forma, no quitamos la vista de nuestro entretenimiento sino hasta que vimos un primer relámpago asomarse por la puerta de la cabina, que inevitablemente nos hizo notar un encapotamiento repentino en el cielo entero a nuestro derredor. La tormenta era inminente.
Levamos el ancla e izamos la vela de proa. Quedarse en medio de la nada no sería buena idea. Debíamos ir a un lugar más resguardado, y optamos por regresar a los alrededores de Puerto Madero, donde abundan escolleras, muelles con conteiners y edificios altos.
Una vez en rumbo, nos movíamos a buen ritmo. Demasiado bueno, alcanzando los 6.4 ns. con nuestra única vela de proa desplegada al tamaño de un genoa. La lluvia empezó a caer, primero con pequeñas gotas y luego un torrencial reducía aun más la visión. A la propuesta de reducir el tamaño de la vela, Javier manifestó su deseo de que así se hiciera al rozar los 7 ns., y no pasó mucho tiempo hasta que, en efecto, la vela se redujo a un foque.
La tripulación en cubierta, empapada. Junto al viento que soplaba, hacían que el frío tomara demasiada intensidad como para hacernos perder ánimos, y se hacían falta cuantas personas se pudieran sobre la cubierta, ya que debíamos estar atentos de no golpear una boya sin señalizar o apagada (de las que abundan por aquí).
Finalmente, y antes de llegar a donde nos disponíamos, la lluvia cesó y el cielo se aclaró en su mayoría. Nuevamente rodeados de calma, tiramos el ancla frente a una plataforma de conteiners, junto a la ciudad. Desplegamos nuestras mantas y dormimos.
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